El “síndrome del impostor” se ha convertido hoy en día en una cuadrícula de lectura casi automática para explicar las dudas de personas que, sin embargo, son competentes y reconocidas. Se utiliza para describir este sentimiento persistente de no merecer el propio lugar, a pesar de los éxitos objetivos. Pero al utilizarlo en todas partes, ¿no acabaremos distorsionando lo que realmente abarca? ¿Qué pasaría si pensar que puedes ser un impostor no fuera necesariamente negativo?
nuestro estudio (titulado “Pensamientos de impostor en el lugar de trabajo, sentimientos de impostor e impostorismo” y producido con Basima Tewfik del Instituto de Tecnología de Massachusetts y Jeremy Yip de la Universidad de Georgetown, nota del editor), Basado en casi cincuenta años de investigación, nos anima a repensar la forma en que hablamos hoy sobre el síndrome del impostor. Muestra que este término se utiliza de manera inconsistente y a veces abusiva. Se utiliza para hablar de realidades muy diversas, que van desde las dificultades para integrarse en un entorno profesional hasta el sentimiento de no pertenecer al grupo adecuado, pasando por la impresión de haber empezado con una desventaja invisible. Al mismo tiempo, surgió una idea sin verdadera discusión: sentir una forma de impostura sería necesariamente negativo.
Sin embargo, esta certeza merece ser cuestionada. Originalmente, el fenómeno del impostor se refería a una creencia concreta: que los demás sobreestiman nuestras capacidades. Con el tiempo, el discurso científico y mediático se ha desplazado hacia las emociones asociadas a esta creencia, como el miedo, la vergüenza o la sensación de no estar en su lugar. Este cambio ha contribuido a confundir la comprensión del fenómeno y reforzar su reputación como un mal contemporáneo.
Para aclarar el concepto, hoy proponemos un verdadero “repensamiento”, reorientando el fenómeno hacia sus mecanismos cognitivos. Así, presentamos la expresión “pensamientos impostores en el trabajo”, propuesta por mi colega y coautor, el profesor Basima Tewfik del MIT.. Estos pensamientos son a menudo fugaces, fuertemente ligados al contexto y pueden, en determinados casos, tener efectos positivos inesperados en las relaciones profesionales.
El síndrome del impostor se ha vuelto inevitable
El interés en el síndrome del impostor ha aumentado significativamente durante la última década, en parte porque a los medios les gusta promover la idea de que las personas famosas y de alto rendimiento todavía dudan de su legitimidad. (Michelle Obama, Tom Hanks, Billie Eilish…).
Aunque este fenómeno parece muy extendido hoy en día, ya se identificó en los años 1970. Las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes lo describieron luego con el nombre de “fenómeno impostor”, tras observar que muchas mujeres muy competentes tenían la sensación de engañar a quienes las rodeaban sobre sus capacidades. En su artículo de 1978, explicaron que estas personas, a pesar de sus éxitos objetivos, se percibían a sí mismas como menos inteligentes, menos capaces o creativas de lo que realmente eran.
Con el tiempo, el concepto se ha extendido ampliamente, particularmente con el auge de las redes sociales. Ha dado lugar a numerosos libros sobre desarrollo personal y se ha convertido en un tema recurrente en conferencias sobre liderazgo, especialmente para mujeres.
Mientras que Pauline Clance y Suzanne Imes hablaban originalmente de una experiencia, no de un trastorno, el término “fenómeno” fue gradualmente reemplazado por “síndrome” en los medios. La definición también se ha ampliado para abarcar sentimientos más generales de falta de autenticidad, discrepancia o no pertenencia. Esta evolución ha contribuido a hacer más vago el concepto, sobre todo porque esta dimensión emocional es una incorporación relativamente reciente.
Cuatro mitos analizados
Después de analizar 316 artículos y libros dedicados al fenómeno del impostor, descubrimos que muchas ideas ampliamente difundidas al respecto se basan en fundamentos frágiles e incluso erróneos. Así, hemos identificado cuatro grandes ideas preconcebidas y propuesto, para cada una de ellas, una lectura alternativa que nos permita matizar y comprender mejor este fenómeno.
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El fenómeno del impostor es permanente
El fenómeno del impostor a menudo se considera un rasgo permanente de la personalidad. En realidad, las investigaciones muestran que los pensamientos de impostura, especialmente en el contexto profesional, suelen ser temporales y están estrechamente vinculados al contexto. Son simplemente pensamientos, que pueden aparecer en determinadas situaciones y luego desaparecer. -
Más común entre mujeres o identidades marginadas
Contrariamente a la creencia popular, el fenómeno del impostor no afecta necesariamente más a las mujeres o a personas de grupos subrepresentados. En realidad, los datos disponibles sobre el tema siguen siendo contradictorios. En nuestra propia investigación, no observamos diferencias significativas entre géneros. Sin embargo, pueden aparecer discrepancias en ciertos contextos específicos, como entre estudiantes de medicina. Por otro lado, entre los profesionales en activo no surge una distinción clara según el género. Estos resultados sugieren que el contexto juega un papel determinante en la aparición de estos pensamientos impostores, mucho más que el género en sí. -
El fenómeno siempre es perjudicial.
Muchas investigaciones asumen que el fenómeno del impostor sólo provoca efectos negativos, como estrés o baja autoestima. Sin embargo, trabajos más recientes ofrecen una visión más matizada. Una investigación realizada en 2022 por mi colega Basima Tewfik muestra que los pensamientos impostores en el trabajo a veces pueden tener efectos positivos. En particular, observó que los empleados que lo experimentan con mayor frecuencia son percibidos como más eficaces en sus relaciones profesionales, sin ser juzgados menos competentes que sus colegas. -
Esto conduce inevitablemente a un comportamiento dañino.
A menudo se piensa que los “pensamientos impostores en el trabajo” conducen automáticamente a la vergüenza o a conductas evasivas. Sin embargo, las investigaciones no muestran claramente cómo estos pensamientos producen sus efectos, ya sean negativos o, a veces, positivos. En realidad, descubrimos que la mayoría de los estudios no abordan directamente los mecanismos psicológicos en juego. Y cuando intentan hacerlo, sus resultados a menudo siguen siendo contradictorios.
¿Qué debería sacar un gerente de esta revisión?
Para alguien como yo, que enseña y estudia temas como la seguridad psicológica, la libertad en el lugar de trabajo y la movilidad social, nuestra investigación destaca dos lecciones importantes.
Primero, la cultura laboral. Si los empleados informan haber experimentado pensamientos impostores y los asocian con sentimientos negativos, demuestra que se sienten inseguros. Espero que esto anime a los directivos a pensar: ¿han creado realmente un entorno en el que sus empleados puedan desarrollarse y progresar pacíficamente?
Entonces, una oportunidad para cambiar de perspectiva. Las personas que experimentan pensamientos impostores en el trabajo deben comprender que no es necesariamente algo permanente. Estos pensamientos pueden desaparecer y también reflejar el hecho de que los demás tienen una buena opinión de sus habilidades.
En otras palabras, los pensamientos de impostor pueden ser menos una señal de advertencia y más una señal de crecimiento y evolución.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.