El gobierno presentó una ley de finanzas sinónimo de un plan de ahorro masivo: reducción de personal en las administraciones, reorientación de las agencias públicas y reducción de los gastos de funcionamiento de las comunidades. Un anuncio importante ilustra la confusión metodológica: hacer que ciertas políticas públicas “renuncien” reduciendo los recursos de las agencias que las ejecutan, mezclando los costos operativos de estas agencias con los créditos que administran para cumplir misiones esenciales. Esta lógica contable se basa en un objetivo claro: reducir el déficit por debajo del 5% del PIB para 2026.
Este método ya tiene consecuencias perceptibles. En la Educación Nacional, la eliminación o no sustitución de puestos da como resultado clases superpobladas y un apoyo debilitado a los estudiantes. Los ahorros inmediatos en salarios se pagan con medidas de apoyo adicionales, repeticiones e intervenciones externas, que cuestan mucho más que los medios cancelados. En los hospitales, la reducción de personal y de camas provoca una saturación de urgencias y un traslado de la atención al sector privado, más caro y menos accesible, lo que no reduce el gasto global pero lo hace menos predecible y más gravoso a largo plazo. En el sistema de justicia, la falta de secretarios y agentes administrativos alarga los procedimientos, aumenta las derivaciones y aumenta los costes indirectos para otras administraciones. Un recorte contable hoy provoca deterioros operativos que se traducirán en gastos adicionales mañana.
El esfuerzo exigido a las autoridades locales sigue la misma lógica: congelación de subvenciones, limitación de los horarios de los servicios públicos locales, aplazamiento de obras y mantenimiento de equipos. Estos aparentes ahorros provocan un aumento de las tensiones sobre el terreno, un deterioro del servicio a los ciudadanos y una pérdida del atractivo económico de los territorios.
Situación paradójica
Ésa es la cuestión: los recortes presupuestarios indiscriminados sólo funcionan en el corto plazo. Cumplen un objetivo inmediato, reducir el déficit público por debajo del 5% del PIB, pero no producen ningún beneficio duradero. No mejoran ni la calidad del gasto, ni el desempeño de las administraciones, ni la capacidad del Estado para llevar a cabo sus misiones. Incluso crean una situación paradójica: al pretender hacer más eficaz la acción pública, destruyen las condiciones mismas de esa eficacia. El ejemplo de las agencias estatales es esclarecedor: reducir sus recursos operativos con el pretexto de una “mejor gestión de los créditos” debilita la implementación de las políticas públicas que administran y crea confusión en los circuitos presupuestarios.
Esta lógica cortoplacista es particularmente problemática para la transición ecológica y la adaptación al cambio climático. Según el informe Pisani-Ferry, una transición exitosa requerirá inversiones adicionales de alrededor de 66 mil millones de euros por año de aquí a 2030, para financiar la renovación energética, infraestructuras bajas en carbono y transporte sostenible. Debilitar los servicios públicos o congelar los créditos hoy compromete la capacidad del Estado para movilizar estos recursos esenciales. El consiguiente stop-and-go presupuestario, con decisiones tomadas cada año sin visibilidad plurianual, impide cualquier planificación eficaz y pone en peligro la cohesión social: son las poblaciones más frágiles y los territorios menos dotados los que sufren primero los efectos de estas decisiones.
El proyecto de ley de finanzas de 2026 ilustra así el hecho de que el método más planificado, centrado en reducir el déficit el próximo año, no es relevante para la cohesión social ni para la eficacia de la acción pública. Reducir el gasto sin planificación ni priorización crea efectos perversos, tensiones acumulativas y gasto diferido. Una política presupuestaria responsable no puede limitarse a cumplir un objetivo contable anual. Debe basarse en opciones claras, una visión plurianual, una priorización de misiones y una inversión específica en lo que estructura el futuro. El actual presupuesto intermitente no garantiza nada de esto. Para ser eficaz, el control del gasto público debe ser sinónimo de estrategia, cohesión y resiliencia, no de recortes indiscriminados.
Reducir el gasto sin un método, para cumplir un objetivo contable, significa renunciar a construir el futuro. Cada recorte brutal debilita misiones esenciales, pospone inversiones esenciales y transforma ahorros aparentes en costos diferidos. Las decisiones puramente contables reemplazan la planificación estratégica y la cohesión social se ve presionada con cada ciclo presupuestario. Para que el control del gasto público se convierta en un instrumento de eficiencia y solidaridad, debemos salir finalmente de este ciclo del planificador, planificar a largo plazo e invertir donde la sociedad más lo necesita.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.