La nube en la era del calentamiento global.


Mientras los líderes mundiales debaten la emergencia climática durante los 30mi Conferencia de las Naciones Unidas sobre el clima en Belém, Brasil, un nuevo gigante voraz se está afianzando en las sombras: el sector digital. Bajo las trampas del progreso y la modernidad, una carrera para desplegar infraestructura digital –incluidos centros de datos impulsados ​​por inteligencia artificial– amenaza directamente nuestra seguridad energética, nuestra soberanía económica, nuestro modelo democrático y sabotea los cimientos de la transición ecológica europea.



Es hora de disipar una ilusión peligrosa, pero hábilmente mantenida por la narrativa de los nuevos emperadores de la tecnología: la nube no es una nube etérea e inmaterial. De hecho, esto se basa en la infraestructura, todo lo que es más físico y tangible. Miles de kilómetros de cables, bosques de antenas repetidoras y servidores insaciables, que funcionan las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Es decir, miles de millones de objetos conectados con utilidad y vida útil voluntariamente limitadas. Estos ogros digitales consumen una proporción cada vez mayor de la electricidad disponible, particularmente la de origen renovable disponible.


Entran así en competencia directa con la transferencia a la electricidad procedente de usos de combustibles fósiles en sectores esenciales para los ciudadanos y los servicios públicos, contribuyendo a disparar las facturas de los hogares y ralentizar la transición. Como advierte el informe “Sobrecarga del sistema” de Beyond Fossil Fuel, esta carrera precipitada podría reactivar la demanda de gas fósil en Europa, destruyendo años de lucha por la descarbonización.


Un mensaje político claro transmitido por los ciudadanos


Los ciudadanos no se equivocan. La encuesta realizada por la empresa Savanta para Beyond Fossil Fuels y sus socios en cinco países europeos transmite un mensaje político claro.


Se requiere transparencia: el 85% de los europeos exige que los gigantes digitales revelen plenamente su impacto ambiental, el 83% quiere que revelen su consumo y sus fuentes de energía.


Prioridad a lo esencial: en caso de escasez, sólo el 4% priorizaría los centros de datos para la electricidad y el 3% para el agua, muy por detrás de la salud, la vivienda o la agricultura.



Una contribución justa: el 83% cree que estos centros deben aportar mucho más que los hogares a las inversiones en redes eléctricas.


Renovable, condición sine qua non: el 76% exige que cualquier nuevo centro de datos se alimente exclusivamente con energías renovables.


Estos resultados confirman una observación que venimos insistiendo durante años: la “revolución digital” tal como se implementa es incompatible con la transición energética y la justicia social. Por el contrario, los nuevos oligarcas tecnológicos se comportan como depredadores de los recursos naturales y los derechos sociales de los trabajadores y ciudadanos.


Recuperar el control


Para que la tecnología digital no se convierta en la sepulturera de nuestros derechos y de nuestro medio ambiente, debemos recuperar el control de la embriaguez digital al servicio del capitalismo desbocado de la depredación.


Una moratoria a la irresponsabilidad energética: limitar la construcción de nuevos centros de datos a los necesarios para usos identificados. Tendrán que cumplir criterios de interés general y las cuestiones de soberanía europea en el control de nuestros datos.


Imponer el suministro eléctrico mediante energías renovables y la prohibición de los combustibles fósiles: estos centros de datos deben, además, cumplir los estándares de sobriedad más ambiciosos en cuanto a su consumo.


Trazabilidad y transparencia absolutas: implementar la trazabilidad de la electricidad consumida y apoyar el desarrollo de soluciones de almacenamiento.


Priorizar lo vital: establecer techos de consumo en zonas saturadas y priorizar el acceso a la energía de los hogares, los servicios públicos y las industrias en fase de descarbonización.


El fin de los privilegios fiscales: establecer impuestos, aranceles y tasas obligatorios para que el sector soporte su parte justa de los costos de infraestructura.


Conservación del agua: limitar estrictamente el consumo de agua, especialmente en regiones que experimentan estrés hídrico.


El motor de nuevas crisis


Etimológicamente, “apocalipsis” proviene del griego antiguo y significa lo que se revela”. La economía de datos actual nos dice mucho sobre la marcha de nuestro mundo hacia el caos. Lejos de ser la promesa de soluciones, el imperio tecnológico, tal como se extiende hoy, constituye una amenaza adicional para la humanidad. Su desarrollo requiere el despliegue de infraestructuras especialmente voraces en términos de recursos, materias primas, energía y datos personales. Está, además, al servicio de un modelo de consumo que acelera aún más el uso de combustibles fósiles y que genera residuos y desperdicios.



La COP30 en Brasil no puede ser un escenario de compromisos de corto plazo frente a los crecientes efectos ambientales y energéticos de la tecnología digital. Es intolerable dejar que las falsas promesas de la inteligencia artificial generativa justifiquen el saqueo de los recursos en detrimento del planeta y de los ciudadanos.


Sin una agitación política, la tecnología digital se convertirá en el principal impulsor de nuevas crisis energéticas, desigualdades y calentamiento global. Los ciudadanos expresan una voluntad clara. Corresponde a los responsables de la toma de decisiones asumir sus responsabilidades: hay que controlar la voracidad digital. La regulación –es decir, el control democrático– de este sector para ponerlo al servicio del interés general es la condición para la implementación de una transición ecológica al servicio de la justicia social.

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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