El futuro de los medios públicos se está oscureciendo. Sus depredadores parecen estar unidos y progresan metódicamente. La extrema derecha y la extrema derecha insisten incansablemente en su deseo de armonizar, de desvitalizar, incluso de privatizar –es decir, de desaparecer– de una constelación pública formada por France Télévisions, Radio France, France Médias Monde, TV5 Monde, INA, Arte, el Senado Público y la LCP-Asamblea Nacional. Su esfuerzo también apunta a erradicar la mayoría de los organismos reguladores, incluido Arcom (Autoridad Reguladora de la Comunicación Audiovisual y Digital).
Desde hace varios meses, en coro ininterrumpido y perfectamente sincronizado, los medios de comunicación del entorno de Bolloré (“CNews”, “Europe 1”, “Journal du Dimanche”, “JD News”) han transmitido y amplificado esta doxa atacando el crédito y la legitimidad de la radiodifusión pública: las presidentas de France Télévisions y de Radio France, Delphine Ernotte y Sibyle Veil, acaban de recurrir ante el tribunal comercial por “menosprecio que constituye competencia desleal”. En las columnas de “La Tribune Dimanche”, Sibyle Veil deplora que “la misma semana en que el país cambió de primer ministro, en el centro de las manifestaciones sociales y de la inestabilidad internacional, CNews logró dedicar hasta el 80% de su tiempo a aporrearnos”. La demostración de la “batalla cultural” prometido por el periodista Pascal Praud.
La extrema derecha y los medios de Bolloré tienen el viento a favor. En primer lugar, un contexto de crisis presupuestaria propicio para “justificar” la privatización de un conjunto que, consolidado, consume alrededor de 4.000 millones de euros en asignaciones públicas cada año (3.946 millones en 2025). El informe del Tribunal de Cuentas sobre la gestión de France Télévisions, presentado en septiembre, denuncia una situación vacilante: déficits operativos recurrentes, inversiones insuficientes, erosión significativa del flujo de caja y una “decadencia vertiginosa” equidad.
Los críticos de la radiodifusión pública también pueden sacar provecho de la vileza interna. Ejemplos en France-Inter: audiencia en declive, relevancia programática y orientaciones editoriales controvertidas, fuertes tensiones sociales… “profundo malestar”, “pérdida del alma (…) y de los valores”, “conducción en piloto automático”, “grave deterioro del clima general”, deploramos los órganos representativos del personal – y, por supuesto, “el asunto Thomas Legrand-Patrick Cohen”, explotado escandalosamente por los medios de Bolloré… y el Ministro de Cultura.
Rachida Dati, pan bendito para la extrema derecha
De hecho, Rachida Dati, que dirige el ultrasensible proyecto de reforma de la radiodifusión pública (actualmente eliminado del calendario parlamentario), aparece en el centro del conflicto. Ya no podemos contar sus declaraciones que denigran a los medios públicos, socavan su reputación, humillan a sus periodistas; aquellos que muestran una proximidad ostensible con la redacción “boloristas” ; y aquellos que parecen arbitrar a favor de los enemigos de la radiodifusión pública. Lo último: el 19 de noviembre, en respuesta al diputado ciottista Maxime Michelet, Rachida Dati afirmó que “el proceso legal (iniciado por Sibyle Veil y Delphine Ernotte contra los medios de Bolloré) en ningún caso había sido concertada y menos aún aprobada por los órganos de control”. “Pan bendito” en las filas de la RN, la UDR, ¡Reconquête! y la galaxia Bolloré.
Un desmentido mordaz que, casualmente, se produce pocos días antes de la apertura de los trabajos de la comisión parlamentaria de investigación encargada de examinar hasta abril “neutralidad, funcionamiento y financiación de la radiodifusión pública”. Investigación solicitada por el grupo Ciottista, siendo ponente su adjunto Charles Alloncle. Alloncle prefiere destinar estos 4.000 millones de euros de asignación a la construcción de “20.000 plazas carcelarias”.
Es muy probable que esta comisión se convierta en un tribunal: no hay duda de su manipulación, y el prisma ideológico de los enemigos de la radiodifusión pública resonará en los medios cómplices y en el ámbito parlamentario a medida que se acerquen las elecciones presidenciales.
Porque en el centro de los debates estará el tratamiento volcánico de “neutralidad” y el“imparcialidad” información. Rachida Dati no lo oculta, a riesgo –o tal vez con el placer– de exacerbar el enfrentamiento. “Las cadenas de televisión públicas y privadas están sujetas a una exigencia de pluralismo en sus programas, pero existe una exigencia adicional para las emisiones públicas, la de imparcialidad. » La caja de Pandora está abierta.
La misión que Arcom acaba de confiar al vicepresidente honorario del Consejo de Estado, Bruno Lasserre, es como un posible contrafuego: dedicada a “explicar el alcance del principio de imparcialidad” y a “aclarar las obligaciones resultantes para la radiodifusión pública”debe especificar “en qué medida se diferencian de las exigencias de pluralismo y honestidad en el tratamiento de la información aplicables a todos los medios audiovisuales, incluidos los canales de televisión y las emisoras de radio privadas” y también tendrá que identificar “la forma en que se concilia el principio de neutralidad aplicable a los medios públicos con su independencia y libertad editorial”. Pero, ¿qué peso tendrá la opinión de un organismo del que incluso en el seno de LR, a través de la voz del jefe de sus diputados, Laurent Wauquiez, juzgamos “que no tiene legitimidad democrática” ?
¿Snegaroff o de Villiers?
El juego semántico: ¿qué es la neutralidad, la imparcialidad? – dirigirá los debates de la comisión. A riesgo de debilitar lo irrefutable: la radiodifusión pública ofrece “otra información” frente a la vacuidad, la histeria y la desinformación de las redes sociales, la embriaguez y el “ruido” de los canales informativos continuos, la jungla de comentarios, el mantra (ultra)liberal de una mayoría de medios privados. Una isla de aliento intelectual y emocional en el archipiélago de la mediocridad competitiva, mercantil, instantánea y embriagada por la publicidad corruptora o la porosidad política.
Evidentemente, la radiodifusión pública no es un santuario de virtudes, la perfectibilidad de su gestión exige evidentemente medidas y los medios privados evidentemente no merecen una diatriba ciega. Sin embargo, frente a la nivelación de la información, es innegable que la radiodifusión pública constituye un complemento o un contrapeso informativo decisivo para la salud de la democracia. ¿Podemos imaginar el “estado de pluralidad” de las conciencias, de los saberes, de las convicciones y, por tanto, de la sociedad, sin su oferta? ¿Somos parciales, estamos transgrediendo la neutralidad cuando nos “atrevemos” a ejecutar programas largos, temas blandos o especializados? ¿Cuándo resistimos la tentación sensacionalista, cuando destacamos a las personas y minorías frágiles, cuando favorecemos a los expertos sobre los impostores, la sobriedad sobre la brillantez, el rigor sobre la vulgaridad? Cuando puedes arbitrar “por el interés general frente a la rentabilidad particular” ? ¿Cuándo invertimos en la investigación?
¿Podemos imaginar el panorama informativo sin las “C” (pol, esta tarde, en el aire)? ¿Sin el programa matutino de Guillaume Erner? A los “libros hablados”, ¿preferimos a Augustin Trapenard o a Anna Fulda en “CNews”? Para analizar las noticias, ¿el labrador Snegaroff o el ilusionista de Villiers? ¿Karim Rissouli o Pascal Praud? ¿Sonia Devillers o Laurence Ferrari? ¿Caroline Roux o Geoffroy Lejeune? Las erupciones del mundo, ¿se comprenden mejor a través del micrófono de Fabienne Sintes o de Christine Kelly? Despertar filosóficamente las cuestiones de Y de nuestro mundo, Charles Pépin o Michel Onfray? ¿Está mejor iluminada la ciencia por Etienne Klein o por los impostores de la pericia oscurantista? Etc. El dinero privado favorece un determinado tipo de información, el dinero público favorece otro, y es la coexistencia equilibrada y respetuosa de las dos ofertas lo que garantiza una pluralidad justa. pero lo es porque La ofensiva populista, nacionalista, reaccionaria, (ultra)liberal se está extendiendo, inflamada por ciertos medios de comunicación, que exigen resistencia editorial parece aún más vital. Parecería que el poder del primero es adecuado para el futuro del segundo. La Italia de Meloni debería servirnos de lección. También en Francia la situación se está apretando. ¿Irreversiblemente? ¿Y para qué resultado?
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.