En términos de política exterior, el trumpismo es imposible de definir según los esquemas habituales. No es ni aislacionismo (a pesar de la promesa hecha al MAGA – Make America Great Again –, ahora completamente rota), ni realpolitik, ni universalismo, ni neoconservadurismo. Es una mezcla de todo ello dependiendo de las circunstancias, del poder de persuasión del último que habló al oído del presidente, pero también de su impaciencia y sus frustraciones. Los observadores deben enfrentar los hechos: en política exterior, Trump se resiste a las categorías tradicionales de análisis. Un año después de su regreso al poder, incluso tenemos suficiente perspectiva para decir que, a diferencia de la política interna, para él no hay estrategia y menos visión geopolítica.
En una carta al primer ministro de Noruega, Trump escribió que ya no se siente obligado “pensar sólo en la paz”ya que no recibió el premio Nobel en cuestión, como si fuera el gobierno noruego el que le concediera este premio y como si, de haberlo obtenido, Trump no hubiera exigido tomar posesión de Groenlandia. El chantaje y la revocación de la acusación (“¡es tu culpa!”) es permanente para él.
¿Quién puede todavía llamar a Trump un “pacificador” y un “pacificador”? Hasta ahora, lo habíamos visto en fotografías de firmas de “tratados” que ratificaban conflictos congelados (Tailandia-Camboya, India-Pakistán, Ruanda-RDC, etc.) o se esforzaban por transformar conflictos insolubles en operaciones mercantiles, a través de empresarios de su círculo cercano que ignoraban las reglas diplomáticas (Israel-Gaza, Rusia-Ucrania). El presidente francés, que no cayó en la trampa de la invitación a participar en el “consejo de paz” de Gaza (una especie de consejo de administración destinado a eludir a la ONU y cuya membresía implica pagar mil millones de dólares a Trump), ha sido objeto desde entonces de amenazas de sobreimpuestos sobre los champagnes y los vinos franceses.
Hoy, el presidente de los Estados Unidos ya no oculta que está considerando declarar la guerra a la Alianza Atlántica. Ya no se trata sólo de insultar a los antiguos aliados que son las democracias europeas, sino de vasallarlos. Como señala el historiador Stéphane Audoin-Rouzeau, la guerra rara vez se declara por razones racionales. Con Trump 2, hemos entrado de hecho en un momento irracional de potencial guerra mundial en todas sus dimensiones, territorial, social, económica, identitaria, pero también psicológica: Trump es ante todo una guerra de desgaste, de asombro, de agotamiento, de desaliento de antiguos socios y enemigos por igual (la frontera entre ambos se vuelve cada vez más porosa).
Trump, un presidente masculinista que no es infalible
Por su historia, a Europa le resulta difícil afrontar esta perspectiva, pero parece que finalmente ha roto con el negacionismo: el apaciguamiento a toda costa, con Trump, no funciona. No respeta a quienes doblan la rodilla (María Corina Machado acaba de vivir la amarga experiencia de esto). No “calmamos” a Trump. China también se ha negado a dejarse intimidar por los aranceles aduaneros y hoy se presenta como un polo de estabilidad global al que se enfrenta Washington. Lo que se avecina para Estados Unidos es, en efecto, el aislamiento. ¿Quién puede todavía confiar en ellos? En cuanto a Europa, debe afrontar los hechos: está en proceso de comprometer su credibilidad e incluso su viabilidad. En esta guerra que no dice realmente su nombre, tiene activos importantes, que todos conocen: su rico mercado interno, el arma de los impuestos y, sobre todo, la regulación de la tecnología digital, el objetivo favorito de los trumpistas.
Sin embargo, la amenaza imperialista de apoderarse de Groenlandia por la fuerza no significa que Trump haya ganado confianza. Su frenesí belicoso debería interpretarse más bien como un signo de huida precipitada, incluso de pánico, ligado en gran medida a su decadente imagen en Estados Unidos: quiere olvidar el caso Epstein –su mayor veneno en su propio bando–, alejar la perspectiva de una derrota en las elecciones intermedias, desviar la atención de su creciente impopularidad y de las decepcionantes cifras en términos de empleo y poder adquisitivo. A quienes Trump ha engañado más es a su electorado MAGA de clase media, a quien JD Vance, el vicepresidente de la veleta, tiene la tarea de tranquilizar. Pero esta presidencia masculinista desde todos los puntos de vista (liderazgo, comunicación, decisiones) no es tan dominante como pretende hacer creer en el escenario mundial. Sobre todo, no es infalible.
EXPRESO ORGÁNICO
Marie-Cécile Navès es doctora en ciencias políticas y directora de investigación del IRIS.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.