En Marruecos, “si el crecimiento no se comparte, se convierte en sospecha”


Marruecos sigue siendo un objeto geopolítico saturado de discursos paradójicos, a veces extremos, que oscilan entre elogios y críticas ciegas, y rara vez analizados con la distancia necesaria para superar clichés persistentes.


Durante un cuarto de siglo, el país ha avanzado, no a trompicones, sino a través de una paciente sedimentación de reformas e infraestructuras, como si el Reino persiguiera la antigua idea según la cual la modernidad no es más que una forma controlada de continuidad. La era de Mohammed VI, que comenzó en 1999, estableció un ritmo singular: el de una modernización sin fisuras, de una transición que pretende ser estable y de una apertura que pretende seguir siendo soberana. Para 2035, la cuestión ya no es si Marruecos ha emergido, sino si este surgimiento puede profundizarse aún más sin fragmentarse.


El reinado se construyó primero en torno a un proyecto de infraestructura y conectividad. El puerto de Tánger Med, sus ampliaciones y sus ramificaciones ferroviarias y de autopistas, han dado al país la talla de un centro africano, capaz de conectar el tráfico mediterráneo y atlántico. A través de la instalación, Marruecos se ha redefinido a sí mismo no como una periferia sino como una interfaz: una “economía bisagra”, a la vez africana, europea y árabe. La arquitectura material de esta ambición precedió a su traducción política. Constituía la base silenciosa de un poder en ciernes. En un mundo donde se está reorganizando la geografía económica, la diplomacia marroquí se ha vuelto logística: ha construido carreteras antes de pronunciar discursos.


A esta primera palanca –la conectividad– se le añadió una segunda: la industrialización. La historia marroquí de las últimas dos décadas es la de un cambio gradual en el centro de gravedad económico: de la agricultura a la industria y, dentro de ésta, hacia los segmentos de tecnología media y alta. Los automóviles, la aeronáutica y luego la electromovilidad han ofrecido al país un nuevo lenguaje, el de la competitividad. Las cadenas de montaje de Tánger, Kenitra y Casablanca hablan de una modernidad hoy aceptada, la de un país productor y no sólo de un ensamblador de bajo coste. Pero la industria, para convertirse en un motor social, debe ir más allá del escenario de exhibición internacional. A partir de entonces, el desafío marroquí ya no será sólo atraer inversiones, sino difundir sus efectos.


Modernización política y social


Esta división, contenida durante mucho tiempo, se expresó en el otoño con una madurez mezclada con irreverencia, cuando la generación nacida a principios de siglo (la de los veinteañeros, conectados, comprometidos, pero a menudo desencantados) hizo oír su voz, llevada por el colectivo GenZ 212. Este movimiento no fue de ninguna manera una revuelta política. Más bien, reflejaba el cansancio de una juventud que, frente a su Primer Ministro, simplemente exigía lo esencial: una escuela que forma, un hospital que trata, un futuro que depara. El Rey, midiendo el alcance de esta señal, respondió en el lenguaje de la acción desplegando varias palancas internas. Recordó que“No puede haber un Marruecos de dos velocidades”antes de inaugurar un centro hospitalario universitario y reorientar la ley de finanzas de 2026 dedicando 140 mil millones de dírhams (aproximadamente 12,9 millones de euros) a la educación y la salud.


A través de este gesto, la modernización cobró otro significado: dejó de ser sólo material para volverse política y social. Se abrió así, a principios de octubre, un nuevo diálogo entre la sociedad civil y las instituciones, signo de una ciudadanía marroquí más consciente de sus derechos y sus deberes. Esta renovación, como continuación del establecimiento de la protección social universal, refleja menos una ruptura que una maduración; el de un Marruecos donde la modernidad se construye ahora en la conversación entre el Estado y su juventud, porque estos últimos supieron hacerse oír y luego escuchar.



La tercera palanca, más discreta pero sin duda la más decisiva, es la del Estado social. Desde 2020, Mohammed VI ha inculcado que la cohesión no se puede decretar, sino organizar. La universalización de la protección social, la ayuda directa a los hogares vulnerables y la racionalización de las políticas públicas reflejan el deseo de colocar el crecimiento en el registro de la justicia, un tema confiscado durante mucho tiempo a los moderados por el Partido Justicia y Desarrollo, de ideología islamista, que estuvo en el poder de 2011 a 2021. El retorno de lo social, llevado esta vez por los liberales del Rally Nacional de Independientes, no interrumpe la dinámica de apertura, pero constituye su condición previa necesaria. Porque cualquier desarrollo asimétrico conlleva la promesa de su propia reversión, ya que en Marruecos, si el crecimiento no se comparte, se convierte en sospecha.


Pero de Tánger a El Aaiún, la cuestión social en Marruecos es sobre todo territorial. Las brechas entre Casablanca-Settat y el resto del país, entre la costa y el interior, entre las ciudades y el campo, siguen siendo el espejo de los desequilibrios de la modernización y la hiperglobalización. Al igual que en Brasil y México, en muchas provincias la movilidad social se ve obstaculizada por una infraestructura educativa débil y la falta de empleos formales. La economía informal, que absorbe un tercio del trabajo no agrícola, actúa como amortiguador pero también como límite: preserva el equilibrio diario, sin abrir un futuro colectivo. La verdadera modernización es aquella que construye un futuro compartido y logra conducir a toda la nación hacia una prosperidad económica duradera.


Una triple transformación del país


Marruecos, en esto, no escapa a las paradojas de las potencias emergentes. Se mueve rápidamente, pero no en todas partes. Se integra más al mundo, pero a costa de un desajuste interno. Las localidades periféricas perciben el surgimiento como una historia de la que están ausentes, y las clases medias, que durante mucho tiempo fueron la base del consenso social, hoy se benefician del crecimiento al confiar en las garantías de estabilidad que ofrece la política.


Aquí es donde se desarrolla la dialéctica del proyecto: entre la ambición geoeconómica y la necesidad de equidad nacional. En esta tensión reside la perspectiva de 2035. El Reino pretende definirse como una potencia fundamental y no como una simple encrucijada. Quiere ser un actor estructurador en el África del mañana. Esta doctrina supone una triple transformación del país: territorial, industrial y social. Territorial, porque hay que reconectar los márgenes con el centro; industrial, porque la competitividad debe convertirse en soberanía; social, porque ninguna modernización dura sin redistribución.



La dificultad ahora ya no está en la visión –que existe– sino en la implementación gubernamental. El posible desfase entre el largo plazo del proyecto real y el corto plazo de la administración sigue siendo uno de los puntos ciegos del modelo. La planificación es clara, la gobernanza a veces vacilante; voluntad política real, pero coordinación institucional desigual. Sin embargo, es en esta coherencia donde se mide la capacidad de un Estado para convertirse en potencia. El Marruecos de 2035, si logra sus objetivos, no será sólo el de crecimiento económico, sino el de un equilibrio entre velocidad y profundidad. La larga y agitada historia del país muestra que esta ambición no es irreal. Sin embargo, sigue siendo esencial que la modernidad no se construya contra la sociedad, sino a partir de ella. Porque cualquier desarrollo asimétrico conlleva la promesa de su propia reversión, ya que en Marruecos, si el crecimiento no se comparte, se convierte en sospecha.


EXPRESO ORGÁNICO


Yasmina Asrarguisactualmente investigadora asociada en la Universidad de Princeton, trabajó en la oficina política del secretario general de la ONU, António Guterres, en 2020-2021 y fue responsable de relaciones públicas en la UNESCO en 2023. Acaba de firmar conjuntamente con el Instituto Choiseul un informe estratégico titulado “Marruecos 2035: del surgimiento económico al poder fundamental”.

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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