La tarde del 18 de enero de 2026, tanto en París como en otros lugares, senegaleses y marroquíes compartían inicialmente la misma tensión. En bares llenos de gente, salones familiares o PMU de barrio, viven juntos esta final de la Copa Africana de Naciones antes de competir simbólicamente por un título continental que va mucho más allá del ámbito deportivo.
Si Senegal gana en el campo, la historia de esta Copa Africana de Naciones no termina con el pitido final. Marruecos, sin blandir un trofeo, obtuvo la victoria del poder blando. En este terreno, el Reino impuso su ritmo, incluso en las gradas, incluso entre los aficionados argelinos que acudieron en gran número. Su presencia, sus gestos y sus palabras perfilaron un raro momento de fraternidad y respeto mutuo, llamado a marcar de forma duradera las relaciones entre sociedades.
Por tanto, la conclusión de la CAN no es sólo el epílogo de un torneo. Revela la profunda transformación del fútbol africano y abre una importante secuencia política, económica y simbólica. Marruecos demostró su capacidad organizativa, la calidad de sus infraestructuras y una hospitalidad que se ha convertido en una firma diplomática. A partir de ahora la CAN ya no es un simple evento deportivo. Se destaca como instrumento de proyección de poder y acelerador de transformaciones.
Este desempeño se basa en inversiones masivas en infraestructura, que han costado miles de millones de euros durante más de una década. Marruecos ha iniciado la construcción o renovación de más de media docena de estadios según los estándares de la FIFA, cada uno de ellos con capacidad para albergar entre 45.000 y 70.000 espectadores. A esto se suman las redes de transporte modernizadas, las líneas de alta velocidad, las ampliaciones de aeropuertos y las infraestructuras urbanas, así como una cartera de hoteles reforzada con varias decenas de miles de habitaciones adicionales. El evento, seguido por cientos de millones de espectadores, actúa como un escaparate turístico y económico, consolidando la imagen de un país estable, moderno y abierto en un entorno regional a menudo inestable. Para el Rey de Marruecos, el objetivo es claro: consolidar la imagen de su país como un destino estable, moderno y abierto, en un entorno regional a menudo afectado por crisis geopolíticas y de seguridad. El fútbol se convierte entonces en una herramienta narrativa nacional, capaz de proyectar una visión de continuidad, dominio y poder cultural.
Pero este éxito externo no puede eclipsar los desafíos internos. La CAN también cristaliza expectativas sociales y simbólicas. Para las poblaciones, el evento trae orgullo, reconocimiento y esperanza. Sin embargo, plantea una exigencia: la de la inclusión. Mucho después de la CAN, la presidencia de la Confederación Africana de Fútbol deberá responder a las aspiraciones de los jóvenes, principales consumidores de fútbol, en términos de empleo, acceso a infraestructuras y participación en la celebración. De lo contrario, el riesgo sería que se ampliara la brecha entre la magnitud del evento y las realidades sociales.
Además, los incidentes que ocurrieron durante la final –en particular la violencia que involucró a aficionados senegaleses contra las fuerzas de seguridad marroquíes– son un recordatorio de cómo el fútbol de alto nivel no puede florecer de manera sostenible sin una educación sólida en cultura deportiva. El respeto a las reglas, al árbitro, al adversario, la aceptación tanto de la derrota como de la victoria no pueden decretarse en la noche de las grandes competiciones, es un patrimonio social. Esto se transmite tanto en la escuela como en el terreno, en los clubes de barrio y en los centros de formación. Sin esta transmisión de valores, los estadios más modernos siguen siendo cascarones vacíos.
Éste es, sin duda, uno de los grandes retos del futuro del fútbol africano: ¿cómo combinar la excelencia deportiva con una ética del juego, haciendo del fútbol una herramienta educativa al mismo tiempo que un espectáculo, un espacio para la superación de uno mismo en lugar de una salida? Marruecos, por su posicionamiento y su experiencia, está a la vanguardia de esta cuestión. Si tiene éxito en su apuesta, no sólo reforzará su influencia sino que ayudará a redefinir el lugar del fútbol africano en el orden deportivo mundial.
EXPRESO ORGÁNICO
Yasmina AsrarguisActualmente investigadora asociada en la Universidad de Princeton y en la Fundación Jean-Jaurès, trabajó en la oficina política del secretario general de la ONU, António Guterres, en 2020-2021 y fue responsable de relaciones públicas en la Unesco en 2023. En febrero publicará el “Mirage de la Paix” publicado por Passé Compound.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.