Hemos entrado en el momento decisivo. Aquel en el que el levantamiento iraní finalmente logrará poner de rodillas al régimen o, por el contrario, volverá a estrellarse contra el muro de la propaganda y la represión. Predecir si el régimen caerá o no es un ejercicio peligroso y estéril. Por la sencilla razón de que no sabemos nada o muy poco sobre lo esencial. ¿Cuáles son las dinámicas dentro de él? ¿Quién toma las decisiones además del líder supremo Ali Jamenei? ¿Cuáles son los cálculos de la Guardia Revolucionaria y el ejército? Podemos –debemos– analizar y anticipar los diferentes escenarios en función de nuestro conocimiento, pero al mismo tiempo reconocer que esto es demasiado limitado para ser suficientemente creíble.
Lo que vemos, por el momento, es que la República Islámica está implementando su manual habitual, ya utilizado en Irán, Irak, Siria y Líbano. Los manifestantes son comparados con terroristas, el levantamiento con un complot externo, las redes de Internet y de telecomunicaciones están cortadas y la represión está en pleno apogeo. El régimen considera que su supervivencia depende de su capacidad para sofocar el movimiento y que si se muestra dispuesto a hacer concesiones significativas en el marco de una negociación, firmará su fin. Mientras el aparato de seguridad aguante, el régimen no caerá, cualquiera que sea la escala de las manifestaciones. Sin embargo, aunque probablemente existan disensiones en su seno, no se han traducido en posiciones tomadas ni en deserciones significativas. Internamente, el éxito de una revolución depende no sólo de la organización de la oposición (estructura y armamento), sino aún más de la resistencia de las fuerzas que se supone deben defender el régimen. Una gran parte de ellos debe creer que el régimen está acabado para que realmente lo esté, a pesar de todas sus debilidades objetivas. Si la situación no cambia, el destino de la revolución iraní estará enteramente en manos de Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos fue informado sobre las diversas opciones militares que tenía para intervenir, y amenazó con hacerlo si mataban a los manifestantes, lo que con toda probabilidad parece ser el caso en gran medida. El inquilino de la Casa Blanca ya ha utilizado su martillo en numerosas ocasiones, la última de ellas en Venezuela. Ya lo ha hecho varias veces en Oriente Medio e incluso varias veces contra Irán asesinando a Qassem Soleimani en 2020 o bombardeando los emplazamientos de Fordo, Natanz e Isfahán el pasado mes de junio. Pero todas estas intervenciones tenían un objetivo preciso y estaban calibradas para ser decisivas y limitadas en el tiempo.
En comparación, la situación actual es mucho más complicada. Las fuerzas estadounidenses pueden atacar sitios de poder militares o simbólicos, tal vez puedan eliminar al líder supremo iraní y a parte del establishment, pero es muy difícil saber si estas acciones serán decisivas o no. Pueden alentar a los manifestantes a ir más allá y convencer al régimen de negociar su rendición. Pero también pueden permitir que el régimen reúna a algunos de los descontentos contra la amenaza externa y los empuje a luchar hasta los últimos iraníes, yemeníes, iraquíes y libaneses por su supervivencia. Si Washington no hace nada, perderá su credibilidad, como ocurrió durante la retirada de Barack Obama en 2013. Si su intervención no está suficientemente bien calibrada, corre el riesgo de hacer la situación aún más caótica.
Está de moda criticar las intervenciones externas estadounidenses, particularmente en el Medio Oriente. Y con razón: han tenido efectos catastróficos, particularmente en Irak. Nadie sabe cómo reaccionaría el régimen ante tal intervención, que podría conducir a una conflagración regional, y menos aún qué vendría después si la derribara. La oposición interna no está estructurada ni armada. La oposición externa está dividida y la única figura que emerge es la del hijo del sha, Reza Pahlavi, cuya repentina popularidad en Irán –cuarenta y siete años después de la revolución que derrocó a su padre– parece vinculada en parte a una operación de influencia israelí.
Hay mil y una razones para temer una intervención estadounidense, más aún cuando el inquilino de la Casa Blanca es Donald Trump, cuya acción internacional está impulsada esencialmente por una visión imperialista y neocolonialista. También hay razones para temerlo en un Medio Oriente que ya está en plena reconstrucción, y aún en pedazos, en el que Israel actúa como la principal fuerza desestabilizadora.
Pero en ausencia de intervención externa, es probable que la revolución sea cortada de raíz y que el régimen, aunque condenado, gane un poco más de tiempo. En estas circunstancias, no existe una buena solución. Simplemente un mal menor respecto al otro, dependiendo de lo que consideremos más importante. Incluso un escenario venezolano, que permitiría al régimen sobrevivir sacrificando a Jamenei o cambiando políticas –lo que Trump y muchos países de la región considerarían óptimo– no sería una solución duradera o particularmente positiva para los iraníes. Se podría argumentar que la opción más inteligente es apoyar a los manifestantes ofreciéndoles apoyo logístico y político y aumentando la presión sobre el régimen sin intervenir militarmente. ¿Pero sería eso suficiente para cambiar el comportamiento de una potencia que, durante los últimos cuarenta y siete años, ha tenido que enfrentarse a Irak, Israel, Estados Unidos, ha sido una de las más sancionadas y aisladas del mundo, ha sido deslegitimada por su propia población en varias ocasiones, ha acumulado derrotas en los últimos años, sin cambiar nunca su software?
EXPRESO ORGÁNICO
periodista franco-libanés, Antonio Samrani Es coeditor jefe del diario libanés francófono “l’Orient-le Jour”. Ha escrito numerosos artículos sobre las crisis que sacuden Oriente Medio, en particular el conflicto sirio. En 2024 publicó un breve ensayo titulado “Visto desde el Líbano. ¿El fin de un país, el fin de un mundo? » (Colección Tratados, Gallimard, 2024).
Este artículo tiene carta blanca, escrito por un autor ajeno a la revista y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.