El año 2026 se abre en un clima de múltiples tensiones. Las finanzas públicas están bajo una presión duradera, las incertidumbres geopolíticas se prolongan, desde Ucrania hasta Oriente Medio pasando por Venezuela o Groenlandia, y las sociedades europeas se ven afectadas por temores profundos, alimentados por la transformación tecnológica, la ansiedad ecológica y el aumento de los discursos de retirada. En este contexto, la cuestión no es si Francia todavía puede costear sus servicios públicos, sino si puede permitirse el lujo de debilitarlos.
Porque los servicios públicos no son sólo operadores de políticas públicas. Constituyen instituciones de confianza, sin las cuales ninguna sociedad puede sobrevivir a largo plazo.
Los franceses demuestran claramente esta confianza. El barómetro de los servicios públicos 2025 elaborado por Harris Interactive – Toluna para el gobierno (PDF) muestra que casi 7 de cada 10 franceses dicen estar satisfechos con sus servicios públicos, a pesar de las críticas recurrentes y de las dificultades bien conocidas. Este nivel de satisfacción es particularmente alto para los servicios que más estructuran los vínculos sociales: escuelas, hospitales públicos, fuerzas de seguridad y servicios locales. En otras palabras, cuando el poder público está presente para cuidar, aprender y proteger, el nivel de satisfacción sigue siendo en gran medida legítimo.
Esta satisfacción es fundamental, porque dice algo más que la simple satisfacción del usuario. Revela una profunda expectativa: los franceses quieren instituciones que resistan, que no desaparezcan ante el primer shock económico o político. Por el contrario, cada revés (cierre de un servicio, ampliación de plazos, deshumanización de un procedimiento) alimenta un sentimiento de abandono, un caldo de cultivo en el que prosperan los discursos populistas y nacionalistas.
Este mecanismo es bien conocido. Cuando el servicio público desaparece, la sociedad se fragmenta. Donde el acceso a la atención se vuelve incierto, donde la escuela pierde su promesa de igualdad, donde la justicia se demora demasiado, surge la desconfianza. No es coincidencia que las demandas de retirada de identidad surjan por primera vez en territorios donde la presencia pública se experimenta como distante o intermitente.
Esta idea no es nueva. Ya lo encontramos en Léon Bourgeois, teórico del solidarismo de principios del siglo XX. Recordó que la sociedad no funciona como una suma de individuos aislados, sino como una red de dependencias recíprocas. Todos se benefician, desde el nacimiento, de lo que se construyó antes que ellos: carreteras, escuelas, hospitales, conocimientos, estabilidad política. A cambio, contribuir mediante impuestos no es una restricción arbitraria, sino la forma normal de devolver lo que se ha recibido.
Los servicios públicos encarnan concretamente esta solidaridad: transforman una idea abstracta en derechos reales accesibles a todos. Combinan riesgos y costos que nadie podría asumir solo. Al garantizar estos derechos independientemente de los ingresos, el estatus social o el lugar de residencia, hacen de la solidaridad un elemento concreto de protección colectiva.
Una inversión en estabilidad democrática
En tiempos difíciles como el actual, esta solidaridad se convierte en un factor de solidez. Los servicios públicos garantizan la continuidad donde el mercado se debilita: el hospital permanece abierto cuando la rentabilidad colapsa, la escuela mantiene un marco común cuando las desigualdades se amplían, los servicios sociales amortiguan los shocks en lugar de permitir que se transformen en rupturas sociales. Al mantener puntos de referencia comunes y el acceso universal a los derechos esenciales, fomentan la confianza en las instituciones y permiten a la sociedad capear las crisis sin caer en una situación de “sálvese quien pueda”, manteniendo así la capacidad de afrontar colectivamente el futuro.
A esto se suma un gran trastorno: el de la inteligencia artificial generativa (IA). Sus promesas espectaculares, sus usos opacos, sus temores sobre el empleo y las libertades refuerzan la necesidad de instituciones capaces de establecer reglas legibles y protectoras. Los servicios públicos que tienen claros los usos de la IA, transparentes en sus opciones tecnológicas y preocupados por preservar las relaciones humanas pueden convertirse en puntos de referencia en un mundo algorítmico que provoca ansiedad. Por el contrario, una digitalización mal gestionada sólo profundizaría el sentimiento de desposesión.
Por lo tanto, hacer de 2026 un año útil requiere una elección política clara: no gestionar los servicios públicos como una carga, sino como una inversión en estabilidad democrática. Esto implica priorizar lo que constituye la sociedad, reconocer a los agentes públicos como actores centrales de la cohesión nacional y enmarcar la innovación tecnológica de modo que sirva al interés general y no solo al desempeño contable.
En una era donde las historias de ruptura son atractivas porque prometen soluciones simples a problemas complejos, los servicios públicos nos recuerdan que sólo nos mantienen unidos instituciones comunes y duraderas accesibles a todos. Preservar y fortalecer estas instituciones en 2026 no significa mirar atrás. Le da a la sociedad francesa los medios para navegar la incertidumbre sin desmoronarse.
EXPRESO ORGÁNICO
Johan Theuret Es director general adjunto responsable de los recursos de la ciudad de Rennes y de Rennes Métropole. Cofundó el grupo de expertos Sense of Public Service.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.