En todas partes, el impulso autoritario está ganando terreno: el trumpismo internacional, las victorias de la derecha radical en Europa, el giro antiliberal del macronismo y la obsesión por el “retorno a la autoridad” perfilan la misma tendencia. En Francia, esta dinámica se alimenta tanto de un clima de incertidumbre (crisis ecológica, agrícola, geopolítica) como de un discurso político que promete restablecer el orden. Según una encuesta reciente, el 41% de los franceses dicen estar dispuestos a entregar el poder a un régimen autoritario si la situación lo requiere.
Desde hace varios años, los trabajos del Observatorio de las Libertades Asociativas muestran cómo el Estado ha ido ampliando progresivamente el alcance de la represión. La espiral comienza después de los ataques islamistas con sospechas generalizadas contra las asociaciones musulmanas, antes de extenderse a los colectivos ecologistas, ahora acusados de “ecosabotaje” bajo la presión de grupos agrícolas e industriales.
Cada vez se repite la misma lógica: responder a las protestas sociales, ambientales o ciudadanas con una mayor demanda de autoridad, una “presión para la represión” que margina las voces disidentes en lugar de abordar los conflictos. A las asociaciones se les pide neutralidad entendida como lealtad a un orden establecido.
La ilusión autoritaria busca resolver las tensiones sociales imponiendo la cohesión por la fuerza. En realidad, genera una doble radicalización: la de la autoridad y la de las protestas, con un aumento paralelo de la violencia policial y activista. Es urgente organizar el conflicto social generado por las crecientes desigualdades; reprimirlo no será suficiente para garantizar el orden.
Garantizar los derechos de las asociaciones
La democracia ya vivió un primer momento de maduración: el que consistió en organizar, a principios del siglo XX, el pluralismo de los partidos políticos a través de la competencia electoral y el debate parlamentario. La era ahora requiere una nueva madurez: reconocer que el pluralismo también requiere la diversidad de movilizaciones colectivas –en agricultura, vivienda, infraestructura, transición ecológica, la lucha contra el racismo o incluso la posición de Francia frente a Palestina. Las asociaciones, colectivos y sindicatos de residentes desempeñan un papel tan esencial en esta democracia cuestionadora como lo desempeñan los partidos en la democracia representativa.
El principio de las normas que rigen las campañas electorales se puede aplicar hoy a las campañas de interpelación: reconocerlas, protegerlas y darles los medios se ha vuelto esencial. Es en los territorios, a nivel de ciudades y departamentos, donde realmente puede tener lugar esta revolución de nueva democracia: a través de una alianza renovada entre las autoridades locales y las asociaciones de protesta. Los mecanismos institucionales para el cuestionamiento ciudadano de los derechos implementados por las autoridades locales abren este camino. Diseñados para la democracia participativa, son de hecho nuevas herramientas para proteger las libertades asociativas y apoyar las actividades concretas de las organizaciones y las acciones colectivas de los ciudadanos.
Las asociaciones que inician o apoyan campañas de promoción necesitan primero lugares para reunirse. Sin embargo, con demasiada frecuencia el acceso a los locales, esenciales para la organización colectiva, sigue estando obstaculizado. Garantizar un derecho efectivo a disponer de salas de reunión o de servicio constituye, por tanto, un primer derecho que debe ser protegido y fortalecido.
El segundo es el derecho al diálogo y al reconocimiento. Con demasiada frecuencia, las asociaciones críticas simplemente son ignoradas o desacreditadas. Al establecer un mecanismo de registro oficial de las peticiones y garantizar que más allá de un umbral de firmas el colectivo obtenga automáticamente el reconocimiento institucional, automáticamente abrimos un espacio para el diálogo con la administración y limitamos las tentaciones del ostracismo arbitrario.
El tercero es el derecho a la transparencia y al acceso a la información y los conocimientos necesarios. Para que el debate sea equilibrado, los grupos deben poder consultar fácilmente los datos administrativos relevantes: cuentas, documentos legales, informes técnicos, decisiones motivadas, estudios de impacto, etc. Este derecho incluye no sólo el acceso efectivo a esta información, sino también su disposición en formatos abiertos y comprensibles. La financiación de conocimientos especializados (jurídicos, sociales y medioambientales) también daría a las asociaciones los medios para elaborar argumentos fundamentados y participar en un debate informado y pluralista.
Un fondo de investigación ciudadana
La cuestión de la financiación constituye otra cuestión importante. Las asociaciones críticas corren regularmente el riesgo de que se les retiren sus subsidios, lo que fomenta la autocensura y el amiguismo. Por eso parece necesaria la creación de un fondo de investigación ciudadana: se utilizaría para reembolsar los gastos vinculados a las campañas de investigación, sobre la base de criterios transparentes como el número de firmas en una petición. Este sistema se inspiraría en la financiación pública de los partidos políticos y protegería la independencia de los contrapoderes. Al mismo tiempo, la gobernanza misma de la asignación de subvenciones debe volverse más transparente. La creación de comisiones mixtas que reúnan a funcionarios electos, técnicos y ciudadanos permitiría definir criterios claros y reducir el clientelismo. El pluralismo de los miembros fortalecería la confianza y la posibilidad de impugnar decisiones percibidas como injustas.
Por último, debemos garantizar que las demandas colectivas ya no puedan ser ignoradas sin justificación. Más allá de un cierto umbral de firmas (por ejemplo, el 1% de los votantes), una solicitud ciudadana debería incluirse automáticamente en la agenda de un consejo municipal. Para cuestiones importantes, se podría desencadenar un referéndum de iniciativa ciudadana (RIC) local, con un umbral accesible del 2 o 3% como en la vecina Suiza, donde la práctica es habitual. La mera existencia de esta posibilidad obligaría a los cargos electos a tener en cuenta las opiniones expresadas y a negociar.
La democracia no se reconstruirá sólo desde arriba. En toda Francia, residentes, usuarios e inquilinos ya se están organizando para hacer oír su voz, impugnar decisiones injustas o proponer otras formas de hacer política. Estos colectivos constituyen una verdadera escuela popular de democracia: aprendemos a debatir, a cooperar a pesar de las diferencias, a enfrentar la arbitrariedad y a ejercer el poder juntos. Pero para que estas experiencias florezcan, se necesita un marco protector que reconozca la legitimidad del conflicto y brinde a los ciudadanos los medios para actuar, no sólo para ser consultados.
En un momento en que el autoritarismo está ganando terreno, estos contrapoderes locales son nuestra mejor defensa. Nos recuerdan que la democracia no es un estado estable, sino una lucha permanente por la igualdad y la dignidad. Sin esperar a que cambie la ley, estos principios podrían ser objeto de experimentos en el marco de futuros mandatos municipales. Los impulsos autoritarios provienen de todos lados. Cuando las libertades asociativas de interrogatorio estén protegidas y ejercidas activamente, no se aprobarán.
Firmantes, miembros del Instituto Alinsky:
- Hélène Balazard
- Lea Galloy
- Antonio Gonthier
- Adrien Roux
- Julien Talpin
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.