En este oscuro mes de noviembre, la madre de Sahar, una mujer de 50 años de Izeh (un pueblo de Juzestán, provincia situada al suroeste del país), aún no sabe dónde reposa el cuerpo de su hija. Sahar estuvo entre los cientos de personas asesinadas durante las protestas de 2022. Sin juicio, sin abogado, ni siquiera un adiós. Sólo en noviembre de 2025, 335 personas, como Sahar, fueron ahorcadas.
Cada año, casi dos millones de personas son arrestadas en Irán. Ni siquiera las tumbas de los prisioneros políticos ejecutados en los años 80 han escapado a la profanación. Estas cifras revelan, más que nada, la fragilidad del régimen iraní frente a la resistencia organizada, decidida a establecer una república laica y libre.
La dieta en la encrucijada
Hoy, la República Islámica parece un paciente indeciso entre una operación dolorosa o una muerte lenta. Por un lado, la amargura de la retrospectiva; por el otro, una sangrienta huida precipitada. En esta situación, el régimen sólo dispone de dos opciones:
• O pone fin a su confrontación con la comunidad internacional, abandona su programa nuclear y espera aliviar las sanciones para aliviar parte de la miseria de la gente. Los funcionarios del régimen llaman a esto “bebe el cáliz del veneno”.
• O persiste en la represión. El alarmante aumento de las ejecuciones es una clara señal de su deseo de continuar por el camino de la violencia y la opresión.
La incapacidad del régimen para afrontar la realidad
El régimen iraní y, en particular, el líder supremo Ali Jamenei son demasiado débiles para poder digerir esto. “cáliz de veneno”. Se niegan a abandonar su programa nuclear, detener el desarrollo de sus misiles o dejar de financiar a sus fuerzas proxy.
Hoy en día, incluso algunas figuras internas en el poder, como el ex presidente Hassan Rouhani, responsabilizan a Jamenei del caos actual. La estructura del régimen se basa en la guerra exterior y la represión interior. Renunciar a ello sería acelerar su caída. Cualquier propuesta de negociación es, en realidad, una maniobra más para ganar tiempo, como el acuerdo nuclear de 2015.
Financiar a las milicias en detrimento del pueblo
Un parlamentario iraní ha revelado que diariamente se sacan de contrabando del país entre 30 y 40 millones de litros de gasolina. Ese tráfico no puede ser obra de ciudadanos comunes y corrientes. Ya se había informado del papel de la Guardia Revolucionaria en este comercio ilícito.
El economista Hossein Raghfar, cercano al gobierno, dice que alrededor de 80 mil millones de dólares provenientes de exportaciones no regresaron al país entre 2018 y 2025. Mientras los ciudadanos luchan por encontrar insulina en las farmacias, los ingresos del petróleo se utilizan para financiar armas en el Líbano y Yemen. Un profesor de Boroudjerd testifica: “Mi hijo tiene cáncer, pero el dinero de nuestro país se destina a la guerra en Siria, no a comprarle medicinas. »
Estas cifras muestran la influencia de un Estado paralelo, por encima del gobierno oficial –la Oficina del Líder Supremo y la Guardia Revolucionaria– que desvía los recursos del país para alimentar la represión, tanto interna como externamente.
Las prioridades del régimen: las milicias, no el pueblo
Mohammad Hassan Akhtari, presidente del Comité de Apoyo a la Revolución Islámica en Palestina, dijo: “Ninguna potencia podrá desarmar a Hezbollah, Hamás u otros grupos de resistencia. Las amenazas de Estados Unidos no surten ningún efecto. »
Los comentarios se producen en medio de informes de que Irán continúa financiando a estos grupos incluso después de la guerra de 12 días, mientras que más de dos tercios de la población de Irán vive por debajo del umbral de pobreza.
La solución: confiar en la resistencia popular
Durante décadas, los iraníes, especialmente las mujeres, han soportado torturas, exilio, discriminación e injusticia. Sin embargo, en el centro de este sufrimiento sigue habiendo esperanza de un futuro mejor: una república laica, igualdad entre mujeres y hombres, una sociedad libre de armas nucleares y de la pena de muerte.
Las oleadas de ejecuciones apuntan precisamente a sofocar estas aspiraciones. Pero hoy el pueblo depende de una resistencia bien arraigada, basada en “unidades de resistencia” activas en todo el país. Estas unidades, de la organización Muyahidín del Pueblo de Irán, cuentan con el apoyo de las generaciones Z e Y, jóvenes que sueñan con justicia, libertad y modernidad. Miles de ellos fueron encarcelados bajo las dos dictaduras, la del Sha y la de los mulás.
La acción de estas unidades no se limita a consignas. Son el brazo activo de un deseo colectivo. En las universidades, los barrios y los pueblos más modestos, los jóvenes desarmados se han convertido en la voz de un futuro que ninguna bala puede silenciar.
Llamado a la comunidad internacional
La resistencia iraní ha repetido repetidamente que no pide dinero ni armas a la comunidad internacional. Su único llamamiento es el apoyo político y moral a la lucha del pueblo iraní para derrocar a un régimen que ha confiscado el país durante casi medio siglo y ha robado la paz en Oriente Medio y el mundo entero.
Si hoy el mundo guarda silencio ante esta represión, mañana este silencio se convertirá en complicidad.
El pueblo iraní aspira a una sola cosa: libertad para vivir, no muerte para permanecer en silencio.
El objetivo de esta resistencia no es tomar el poder, sino devolverlo –pacífica y democráticamente– a su verdadero dueño: el pueblo iraní.
EXPRESO ORGÁNICO
Hamid Enayat, politólogo y colaborador de la oposición democrática iraní.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.