El proyecto de ley presentado por el grupo macronista al Senado destinado a permitir la explotación de hidrocarburos en los territorios de ultramar es una falta política, moral y ecológica. Es el síntoma de una forma de pensar obsoleta, peligrosa y profundamente injusta: la que considera los Territorios de Ultramar como territorios a explotar y no como territorios de la República a la vanguardia de la revolución ecológica.
Esta iniciativa forma parte de una lógica extractivista que pensábamos desaparecida. Se hace eco, de manera inquietante, del infame “Taladra, nena, perfora” popularizado por Donald Trump y la extrema derecha estadounidense: perforar cada vez más, a toda costa, sin tener en cuenta la vida, las personas y el futuro. No importemos esta retórica absurda a Francia.
Una visión colonial que no pronuncia su nombre
Detrás de esta propuesta de ley se esconde una visión arcaica de los Territorios de Ultramar. El de una derecha nostálgica de la colonización, que percibe estos territorios como reservas de recursos que deben ser saqueados. Una visión que extiende, en otras formas, la historia colonial: extraer, lucrar, dejar el daño donde está.
Esta lógica no se aplica sólo a los sótanos. También se aplica a los seres humanos: precariedad estructural, mayor exposición a la contaminación, decisiones tomadas sin consulta real, desprecio por el conocimiento local. El extractivismo no es sólo un modelo económico, es una relación de dominación.
Los territorios de ultramar están en la primera línea del cambio climático. Aumento del nivel del agua, ciclones, erosión, sequías, colapso de la biodiversidad: ya están sufriendo de frente las consecuencias de un modelo energético del que no son responsables. Extraer hidrocarburos en estos territorios supone imponerles un doble castigo: sufrir los efectos del cambio climático y agravar sus causas.
Se trata de una clara injusticia climática, contraria al espíritu del acuerdo climático de París. Al contrario de la posición de Francia sobre la ley climática europea. Contrario al principio de igualdad y dignidad republicana.
Un patrimonio natural que hay que preservar, no sacrificar
El 80% de la biodiversidad francesa se encuentra en los Territorios de Ultramar. Arrecifes de coral, bosques primarios, manglares, fondos marinos excepcionales: son bienes comunes de la humanidad y base de la resiliencia de nuestros ecosistemas. Ponerlos en peligro es una tontería ecológica y económica.
La verdadera ambición de los Territorios de Ultramar no es encerrarlos en el pasado extractivista y fósil, sino permitirles ser las puntas de lanza de la revolución energética. Sol, viento, energía geotérmica, energías marinas, biomasa sostenible, conocimientos locales y, sobre todo, ingeniería humana: el potencial es inmenso.
En lugar de reproducir un modelo destructivo, invirtamos en un futuro deseable. Un futuro en el que cada territorio de ultramar se convierta en un modelo de autonomía energética, innovación, protección ambiental, empleos de calidad, democracia local y resiliencia frente a los trastornos mundiales.
Oponerse a este proyecto de ley significa rechazar una visión cortoplacista, injusta y peligrosa. Es afirmar que los Territorios de Ultramar no son colonias ni tierras prescindibles, sino territorios del futuro. Ante los desafíos ambientales, nuestra responsabilidad colectiva es proteger los seres vivos, no perforarlos.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.