Cuando eres investigador, aprendes a mantenerte alejado de los objetos que estudias y a desentrañar los problemas sin quedar atrapado en las emociones. Sin embargo, ciertos acontecimientos actuales escapan a esta distancia, porque resuenan tanto con nuestro trabajo como con quiénes somos. El anuncio del cierre de la línea de producción de Teisseire, en Crolles (Isère), es uno de ellos.
Al pasar frente a la fábrica de Teisseire, nadie puede permanecer indiferente ante estas grandes tinajas de metal, tan reconocibles: versiones ampliadas de las botellas almacenadas en los estantes de nuestras cocinas y llenas del jarabe de granadina que nos servían cuando éramos niños. Hoy, al ver las imágenes de angustia de los doscientos empleados a punto de ser despedidos, comprendemos el alcance de esta desaparición: más allá de una actividad económica, es una memoria local, un hito familiar, un orgullo compartido que están a punto de extinguirse. Es también una infraestructura productiva clave para los cambios de nuestro tiempo, inserta en un ecosistema territorial dinámico, que se está desgarrando de este último.
Una identidad industrial y territorial alpina que se desvanece
El cierre de la fábrica Teisseire es mucho más que una reestructuración económica: es el final de una historia de 300 años, nacida en Grenoble a principios del siglo XVIII. Todo empezó con un fabricante de licores que, utilizando frutas locales y agua de los Alpes, desarrolló jarabes cuyo éxito siguió creciendo. De generación en generación, los empresarios están construyendo una epopeya industrial, parte de la larga tradición del saber hacer alpino donde se combinan artesanía, gusto e innovación. Poco a poco, Teisseire se fue imponiendo entre los franceses y luego en la vida cotidiana de millones de hogares en todo el mundo. Pero esta marca nunca se ha limitado a sus productos: ha dado forma al territorio en el que nació. En Grenoble, todo un distrito lleva todavía su nombre y la fábrica forma, hasta hoy, parte del paisaje industrial de sus suburbios. Teisseire ha sido tanto un negocio como una pieza de identidad colectiva.
Este episodio no es un accidente aislado, sino el último eslabón de una serie de desindustrializaciones que desde hace varios años corroen la cuenca de Grenoble y, más ampliamente, los valles industriales alpinos. Los Alpes, primer espacio industrial de Europa, son un territorio moldeado por la alianza única entre investigación, industria y montaña, que poco a poco ve desmoronarse los pilares de su identidad productiva. Desde el asunto Ecopla, emblemático de la lucha por la recuperación de una empresa aún viable, hasta el cierre de la plataforma química de Pont-de-Claix, incluidas las fábricas de Ferropem, cada episodio añade un daño al anterior. Estos cierres no son sólo pérdidas de empleo: representan una amputación del capital industrial local, capital en el sentido amplio: humano, técnico, social y simbólico.
Capital infraestructural, institucional y humano esencial para proyectos de transición
Una fábrica no son sólo paredes, máquinas o balances. Es un ecosistema vivo, compuesto de competencias, rutinas, solidaridad profesional, pero también de formación, instituciones y conocimientos acumulados a lo largo del tiempo. Cuando una empresa cierra, no sólo desaparece un centro de producción; es un conjunto de conexiones ancladas y de conocimientos que se extinguen. Cuando lo dejamos ir, no es sólo una actividad que perdemos, es un mundo local que deshacemos. Y, como suele ocurrir en estas historias de declive industrial, una vez que la industria se va, no regresa. Por lo tanto, el cierre de Teisseire no debe verse como una noticia económica, sino como una señal de alerta sobre el debilitamiento de un modelo productivo localizado, sobre la progresiva desaparición de una cultura industrial que durante mucho tiempo ha estado en el centro de la vitalidad y la cohesión de los territorios, como en Grenoble.
Estas infraestructuras industriales, que a menudo se presentan como vestigios de un pasado pasado, están en el centro de los cambios de nuestro tiempo. No son legados que se pueden borrar con un gesto de la mano, sino capacidades preciosas, que constituyen la base material a partir de la cual será posible reubicar las cadenas productivas y revitalizar la economía de los territorios. En un momento en el que hablamos constantemente de soberanía industrial, de reindustrialización verde o de salvaguardar empleos cualificados, este conocimiento y esta infraestructura deben aprovecharse como palancas estratégicas, pero frágiles al mismo tiempo. Sin este sustrato productivo, la materialidad industrial anclada, estas transformaciones quedarán sólo en consignas.
Planificar la recuperación de los territorios industriales
La desaparición de fábricas como Teisseire no es sólo una cuestión local o sentimental. Cuestiona nuestra capacidad colectiva para actuar y mantener el control sobre nuestras condiciones materiales de existencia a escala nacional o europea, en un mundo cada vez más incierto. Al descuidar estas infraestructuras y los territorios que las sustentan, nos condenamos a una forma de impotencia estratégica: la de una sociedad que proclama la reubicación y la sostenibilidad, mientras destruye las bases mismas que permitirían alcanzarlas. Defender estos lugares de producción no es sólo defender un pasado industrial, es defender la posibilidad misma de un futuro habitable y soberano.
La planificación de una organización productiva y resiliente para afrontar los cambios de nuestros tiempos comienza por comprender de qué dependemos y reconocer los lugares comunes que nos hacen quienes somos. Mucho más que a través de grandes discursos sobre soberanía o transición, es a nivel territorial donde están en juego las condiciones concretas de nuestro futuro. El final de Teisseire en Crolles nos recuerda cómo las batallas venideras serán ante todo culturales y políticas: se trata de devolverle sentido a la industria, de reinscribirla en el imaginario colectivo y en los instrumentos de planificación. Sólo esta recuperación permitirá a los territorios industriales de ayer y de hoy escribir las transiciones del mañana.
EXPRESO ORGÁNICO
el politico Hugo d’Assenza-David Es docente-investigador doctoral en Sciences-Po, docente en planificación y especialista en políticas industriales territoriales.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.