“El laicismo nunca debe utilizarse para transmitir malicia”, por Dominique Sopo, presidente de SOS Racisme


Han pasado ciento veinte años desde que Francia, tras un proceso sólidamente esbozado por primera vez durante la Revolución Francesa, adoptó la ley de 1905. Considerada la culminación del edificio del laicismo, esta ley, a pesar de las vicisitudes, ha resistido la prueba del tiempo, los desafíos (el régimen de Vichy, aferrándose a la catolicidad, la abolió), los ataques y las malas interpretaciones.


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Esta ley es uno de los métodos por los que la República ha elegido organizar sus relaciones con los particulares. Procedente de antiguas reflexiones, a menudo olvidadas, de Michel de L’Hospital o Michel de Montaigne, es el resultado del eco lejano de las guerras de religión entre protestantes y católicos que, a costa de 500.000 muertes, destrozaron el reino de Francia en el siglo XVI.mi y XVIImi siglos. En este sentido es una obra de fraternidad. Es también el fruto de la lucha de la Ilustración contra el oscurantismo religioso, que quería que el dogma rodeara nuestros pensamientos y acciones. Es, como tal, una conquista de la libertad. Por último, es el resultado del deseo de que todos los ciudadanos sean tratados de la misma manera por el Estado, cualquiera que sea su religión o su relación con ella. En este sentido, es una garantía de igualdad.


El secularismo nunca debe utilizarse para transmitir malicia hacia tal o cual grupo. En este caso, los musulmanes cuyo odio mostrado hacia ellos por diversas corrientes políticas (extrema derecha, extrema derecha, autoproclamados “republicanistas”, etc.) es una traición al ideal laico. El secularismo tampoco debería servir nunca como apoyo al resentimiento cultivado por corrientes que se esfuerzan por presentarlo como un arma ontológicamente antiislámica. Al hacer esto, fingen no ser conscientes de que la hostilidad hacia los musulmanes, que algunos camuflan detrás de una profesión de fe formalmente secular, es una manipulación del concepto de secularismo, también históricamente forjado para confrontar el poder de la Iglesia.


Incluir, crear puntos comunes, fortalecer la cohesión


En los últimos días y en el marco de la conmemoración del 120° aniversario de la ley de 1905, tuve el placer de hablar en Marsella en una conferencia de la UNSA-Educación, así como con profesores de un colegio de Essonne. En cada una de mis intervenciones recordé la importancia del papel de las escuelas a la hora de compartir el principio de laicidad. Y la importancia, para que este compartir sea lo más sólido y extenso, que este concepto no sea vehículo de intenciones maliciosas. Por el contrario, debe considerarse como una herramienta que permite la inclusión, crea puntos comunes y fortalece la cohesión.


Entonces, no, el secularismo –incluidas las disposiciones de la ley de 2004 que prohíbe los símbolos religiosos en las escuelas– no es una vieja reliquia polvorienta que deba ser destruida en nombre de la modernidad. Estos últimos darían entonces un lugar privilegiado a la tolerancia frente a la lógica del oscurantismo. Por eso los portadores de estas dinámicas nunca son, en realidad, aliados de la emancipación y del progreso. Pero el secularismo ya no es un concepto de odio y malevolencia destinado a atacar a los musulmanes, los inmigrantes o sus hijos.


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Aristide Briand, gran artífice del equilibrio garantizado por la ley de 1905, se sorprendería sin duda al ver que, en nombre de este concepto por el que tanto hizo, veríamos hoy a actores que afirman gastar todas sus energías pidiendo leyes que prohíban a las mujeres con velo ser acompañantes de escuela o estudiar en la universidad. Como si el secularismo se hubiera forjado para poder sacar del espacio público lo que resultaba desagradable a la vista de los obsesionados por la prohibición.


Tu falta de sinceridad es un peligro para la República.


A todos los defensores satisfechos de un laicismo hosco, cuyas intervenciones parecen destinadas a hacer desagradable este concepto, debemos entonces decir algunas palabras simples: si sois sinceros en vuestro compromiso, preguntaos por qué una persona que os escucha nunca se ha vuelto más laica después de haberos escuchado. Si no sois sinceros, ya que en realidad sois, por vuestros pensamientos, por vuestras acciones y por vuestras palabras, enemigos de la igualdad entre hombres y mujeres y de la emancipación, denunciaremos vuestra falta de sinceridad. Ella es un peligro para la República, que no forjó armas para que tú las uses para volverlas contra ella. Esta última frase se dirige en particular a Laurent Wauquiez, Bruno Retailleau, Eric Ciotti, Marine Le Pen y la esfera mediática reaccionaria. Sus acciones han mancillado tanto un secularismo invocado con toda hipocresía que arrojan una sombra sobre lo que debería ser una hermosa celebración.


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Impulsado por una lógica de emancipación –en un sentido a veces restringido ya que el secularismo, durante todo el período de su gestación y su afirmación, se acomodó a la exclusión de las mujeres del espacio político– el secularismo resuena con las luchas del antirracismo tal como lo entendemos. No es una lucha que nos encierre en razas (aunque se las describa como “sociales”). Es una lucha que, al querer destruir el poder clasificatorio de la categoría “raza”, rechaza los confinamientos pseudobiológicos, como el secularismo rechaza que los dogmas religiosos limiten las inmensas posibilidades de encuentros, descubrimientos y pensamientos de que abunda la humanidad.

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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