“Reparar nuestras luchas o consentir su colapso”

Hay momentos en que las luchas que llevamos adelante, aquellas que deben emancipar, proteger, unir, se resquebrajan hasta revelar sus propias fallas. A medida que las fuerzas reaccionarias y autoritarias avanzan peligrosamente por todo el mundo, nuestras propias divisiones amenazan con socavar nuestra capacidad común de resistencia.

Nos enfrentamos colectivamente a un desafío formidable: nunca nuestras luchas han sido tan necesarias y nunca han sido tan frágiles. Ante la amenaza, la necesidad de unidad es esencial. Pero una unidad construida sobre la negación, las palabras no dichas o los compromisos está condenada a romperse.

Desde hace varios años, las tensiones han aumentado. Las marchas feministas y antirracistas, que alguna vez fueron lugares de convergencia y poder colectivo, son ahora escenario de profundas tensiones, exclusiones y marginaciones. La cuestión del antisemitismo parece estar ahora en negociación, la islamofobia se está volviendo menos compleja, la relación con el secularismo está siendo explotada por los extremos y las posiciones en política internacional obedecen cada vez más a la peligrosa ilusión de que el mundo quedaría dividido en dos campos monolíticos entre los cuales nos veríamos obligados a elegir.

Algunos episodios recientes han cruzado un umbral intolerable. El 14 de marzo de 2026, en París, durante la Marcha de Solidaridad organizada en homenaje a las víctimas del racismo y de la violencia policial, un grupo de activistas encapuchados que afirmaban pertenecer al régimen islámico iraní entraron en la manifestación, mostrando sus símbolos, sin vínculos con los colectivos organizadores. Sin embargo, el régimen iraní es una de las formas contemporáneas más despiadadas de violencia estatal: durante más de cuarenta y siete años, ha practicado la represión y masacre sistemática de la población iraní, ha perseguido a minorías étnicas y confesionales, encarcelado, torturado, ejecutado y practicado el apartheid de género.

Que los defensores de tal poder puedan afirmar que están involucrados en manifestaciones antifascistas, feministas y antirracistas constituye una contradicción fundamental. El hecho de que puedan encontrar una forma de tolerancia –incluso de indiferencia– revela la creciente porosidad de nuestros espacios activistas a lógicas políticas que son precisamente aquellas contra las que estamos luchando. Por nuestra parte, ante la tranquila presencia de estos matones, decidimos retirarnos de esta procesión que nos había sido dolorosamente confiscada. Pero abandonar este espacio sin afrontar la realidad de las fracturas que revela sería un fracaso que ya no podemos tolerar.

Ya no podemos darnos el lujo de reducir esta situación a excesos marginales. Lo que está en juego es más profundo. Estas divisiones no desaparecerán porque decidamos ignorarlas. Empeorarán. Mirarlos a la cara y nombrarlos saca a la luz la posibilidad de repararlos. Así que, digámoslo claramente: nuestros desacuerdos no son sólo estratégicos; son ideológicos. Nos obligan a una profunda reflexión política. ¿Por qué peleamos? Con quién ? ¿Contra qué? ¿Cuáles son los valores fundamentales que no se pueden negociar?

La cuestión geopolítica, en particular, se ha convertido en un punto de quiebre central. Desde el 7 de octubre de 2023, diferencias latentes han salido a la luz. La lógica de la polarización que ha ganado nuestras filas nos haría creer que el mundo estaría dividido entre el Norte y el Sur, entre los imperialistas y los antiimperialistas, entre las víctimas y los opresores. Esta cuadrícula de lectura refleja no sólo una esencialización de los pueblos que niega su complejidad y hace caso omiso de sus aspiraciones, sino también un enfoque binario que desdibuja peligrosamente nuestros puntos de referencia más fundamentales: no luchamos contra una dominación excusando a otra. No luchamos contra una discriminación produciendo otra. Y no combatimos la violencia política reproduciendo sus mecanismos en nuestras propias filas.

Para muchos de nuestros conciudadanos judíos, la relativización de un antisemitismo que se despliega sin vergüenza en una parte de la izquierda, bajo la peligrosa máscara de una lucha contra una “dominación mundial”se vive como una traición insoportable. Una traición que marca, a sus ojos, un punto de ruptura y hace inconcebibles ciertas alianzas. Del mismo modo, para muchos de nuestros hermanos musulmanes, la falta de claridad y vigilancia frente a la creciente y obsesiva islamofobia, y la incapacidad de construir un frente claro para bloquear a la extrema derecha, toman la forma de un abandono que los pone en peligro. En la imagen especular, cada uno se siente solo, apuntado, preocupado… Como si el apoyo a unos tuviera que llegar a costa del sacrificio de otros. Y viceversa.

Se trata siempre de los mismos mecanismos en funcionamiento: minorías que ya están debilitadas, ya amenazadas, se encuentran explotadas y enfrentadas entre sí. Quienes orquestan este choque entre judíos y musulmanes saben cómo utilizar y profundizar las tensiones y resentimientos que ya están fracturando a nuestras comunidades. Y aunque nos oponemos, son los racistas, los antisemitas y los islamófobos quienes se están fortaleciendo. Permitimos que se desarrolle la desastrosa idea de que las minorías están condenadas a pelear por los fragmentos de un reconocimiento que siempre es demasiado raro.

Sin embargo, lo afirmamos: nuestras historias, nuestros sufrimientos no se anulan mutuamente. Incluso es precisamente lo contrario: se refuerzan mutuamente y se hacen eco. Rechacemos, pues, juntos esta trampa mortal que organiza nuestra impotencia. En todo el resto del mundo, los extremos están aumentando, los regímenes autoritarios se están endureciendo y los crímenes de potencias militarizadas fanáticas y dictatoriales siguen impunes. En todas partes, desde Estados Unidos hasta Irán, desde Palestina hasta Israel, desde Líbano hasta Yemen, pasando por Chile, Congo, China y Rusia hasta ciertos países europeos, los líderes de este mundo, en diferentes escalas y con medios que de ningún modo deberían ponerse al mismo nivel, están organizando el caos del mundo, en el que sólo parecen contar la fuerza y ​​la violencia.

Nuestra responsabilidad colectiva es rechazar esta trampa mortal y defender las vidas de los miles de civiles que sacrifican en el altar de sus intereses económicos y políticos personales. Nuestro rigor militante debe darnos el valor de elegir siempre la defensa de las poblaciones civiles, cualquiera que sea su nacionalidad, su afiliación étnica o religiosa. El coraje también de no esencializarlos, de no transformarlos en un bloque monolítico que se adhiera o se oponga sin matices a líderes que dicen hablar en su nombre y sacrificar su futuro. Todas las sociedades civiles del mundo son complejas, atravesadas por dinámicas plurales, que deben ser escuchadas, comprendidas y con las que debemos trabajar con lucidez y pragmatismo. Este trabajo es la única manera real de proteger la dignidad de todos, de ofrecer una perspectiva creíble de justicia y de futuro a estas poblaciones, que las secuencias de guerra les confiscan sistemáticamente. Ceder a estas lógicas de polarización y simplificación profundiza nuestras divisiones internas y permite que quienes pretenden deshacer nuestros logros avancen sin obstáculos. Observan nuestras fracturas, se alimentan de ellas y las amplifican.

Entonces, ¿qué hacer? No se trata de pensar que tenemos que estar de acuerdo en todo. Se trata de crear las condiciones para un desacuerdo sostenible. Un espacio donde podamos confrontar posiciones sin descalificar a las personas, donde podamos debatir sin excluir, donde podamos reconstruir sin renunciar a nuestros principios fundamentales. Porque detrás de la necesidad de este espacio se esconde una cuestión más fundamental: la de la democracia misma. Un modelo político más amenazado que nunca, es sin embargo el único que tiene en su centro la protección de las libertades fundamentales y exige a cambio la capacidad de hacer coexistir la pluralidad de nuestras identidades, nuestras historias y nuestras verdades. Los partidarios de un pensamiento único traicionan la idea misma de democracia, reforzando los mecanismos totalitarios que la amenazan por todos lados.

La democracia, que opone el Estado de derecho a la arbitrariedad y protege las libertades individuales, debería constituir la base indiscutible de nuestros compromisos activistas. Esta base no sólo debe excluir cualquier complacencia con respecto a los regímenes totalitarios, sino también alentarnos a una práctica política diaria de diálogo y a la construcción de un espacio de lucha donde la pluralidad no signifique traición ni compromiso.

Ésta es precisamente la ambición que tenemos, a nuestro nivel, dentro del movimiento Les Guerrières de la Paix, en particular a través de la organización de los “Cafés des Guerrières”. Estos encuentros mensuales son espacios diseñados como lugares de debate donde diferentes sensibilidades, identidades y generaciones pueden encontrarse, intercambiarse y desafiarse. Espacios donde aceptamos “ser perturbados por los demás”, pensar en contra de nosotros mismos y cuestionar nuestras propias certezas. Cada vez, estos encuentros dan lugar a verdaderos momentos de gracia. Nos permiten medir hasta qué punto muchos de nuestros conciudadanos, sin duda una mayoría silenciosa, viven hoy en una forma de profunda soledad, en gran desorden, en una desorientación de nuestros puntos de referencia comunes. Y cómo, al mismo tiempo, el deseo, la necesidad de movilización colectiva, así como la exigencia de claridad en nuestras líneas, son ampliamente compartidos, aunque muy poco representados en nuestros espacios políticos y activistas.

Esto presupone, en primer lugar, una exigencia clara: no se puede tolerar ninguna complacencia con respecto a los regímenes autoritarios, cualesquiera que sean. Ninguna minoría de nuestro país que sea víctima del odio y el ostracismo puede ser abandonada o, peor aún, atacada. No se puede invocar la necesaria resistencia al imperialismo para justificar lo injustificable. Por el contrario, requiere una mayor vigilancia y atención a las voces de los principales interesados: los iraníes, los palestinos, los israelíes, los libaneses y todos aquellos que luchan sobre el terreno. Esto implica entonces rechazar las jerarquías implícitas entre luchas. El antirracismo no está dividido. El feminismo no se puede negociar. La lucha contra el antisemitismo y la islamofobia no es ni será nunca una variable de ajuste, convirtiéndose en optativa según las alianzas electorales.

Arreglar. Esto significa construir una base común lo suficientemente sólida como para permitir la acción a pesar de nuestros desacuerdos. Encontrar un horizonte compartido, no borrando las diferencias, sino acordando cruzarlas y redefiniendo los contornos de nuestras luchas comunes.

Este trabajo es difícil, exigente, imprescindible.

¡Y es hora!

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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