Las guerras no han terminado, ni mucho menos, pero ya es posible preguntarse qué Israel saldrá de más de dos años de tragedias, enfrentamientos y emociones contradictorias. La pregunta surge en este año electoral, una vez más centrada en la personalidad divisiva de Benjamín Netanyahu. Después de la masacre del 7 de octubre, el asunto parecía resuelto: la responsabilidad del Primer Ministro por el fracaso de la seguridad israelí parecía tan enorme que tuvo que pagar el precio. ¿Pero hoy? ¿Después de tantas guerras que se han vuelto permanentes, después de haber eliminado a sus principales enemigos como el líder iraní Ali Khamenei o el líder del Hezbollah libanés Hassan Nasrallah, después de haber aprobado la pena de muerte sólo para los palestinos culpables de actos terroristas, después de haber arrastrado a Donald Trump a la trampa de la guerra con Irán? La respuesta ya no es sencilla, en un país transformado por el período de conflicto más largo de su historia, por su creciente estatus de paria ante opiniones mundiales que se han vuelto hostiles sin poder acusarlos en general de antisemitismo.
Sin embargo, lo que está en juego es considerable. Una de las principales claves para el futuro de esta región la tiene Israel. El Estado judío es sin duda la principal potencia militar de Oriente Medio, una potencia hegemónica capaz de bombardear simultáneamente varios países, apoyándose en la fuerza de su inteligencia…