Cuando cae el telón de estas veladas electorales en las que todo el mundo se declara “ganador”, cuando los focos se apagan sobre estas grandes ciudades sepultadas bajo dúplex y urnas, la realidad política del país emerge de esta niebla de frases y posturas: la extrema derecha sigue avanzando, a menudo silenciosamente, sobre todo en las ciudades medianas y en las comunidades rurales, con un número histórico de concejales municipales e intermunicipales, haciendo que su victoria en 2027 sea más posible que nunca. A la luz de esta observación, terrible y aterradora, de que la izquierda de los aparatos debe cuestionarse su futuro, ella que hasta la fecha tiene más candidatos que proyectos, ella que sigue dando un espectáculo triste, invectivas un día, alianzas otro, repugnando cada vez a más simpatizantes y votantes.
Lo he dicho, lo he repetido, desde hace muchos años: no hay dinámica sin fuerza. No hay fuerza sin claridad. Así es, en primer lugar, cómo la izquierda ganó el domingo por la noche en París, en Marsella, en Montpellier, en Lille, en Rennes, en Nimes, en Rouen, en Saint-Ouen… No los obtenemos entre dos vueltas de una elección para salvar, aquí un bastión, o allá, algunas posiciones. No los obtenemos intentando borrar nuestras grandes diferencias sobre el progreso del mundo, de Europa, de las empresas, del secularismo, de la lucha contra el racismo y el antisemitismo, negando nuestras convicciones en el altar de un “acuerdo técnico” que no engañe a nadie, y especialmente a los ciudadanos. Por eso siempre he rechazado la alianza con Jean-Luc Mélenchon. Los resultados lo demuestran una vez más: más que la derrota y el deshonor (que no es un detalle), más allá de las ciudades perdidas o ganadas por poco, esta perturbación acentúa el desorden, la confusión y la desconfianza, verdadero combustible para el extremismo.
En la escala de la historia, desde Blum hasta Mitterrand pasando por el fallecido Lionel Jospin, la izquierda ganó cuando tenía un proyecto real que proponer para cambiar las vidas de los franceses. Actuar a favor de la justicia social y del crecimiento sostenible, para responder a los males de la sociedad: tal es nuestro deber cuando representamos el campo del progreso. Tranquilizar y unir a nuestros conciudadanos: este es nuestro camino cuando pretendemos asumir responsabilidades en el poder, local o nacional. En este contexto, la unión de las fuerzas vitales de la Nación no es un juguete que se pueda romper según el capricho electoral del momento, es el cemento mismo de la recuperación. Y la unidad en torno a los fuertes valores de la República no es una geometría variable, sino un rumbo claro que hay que mantener, sobre todo cuando se acumulan malos vientos.
Frente a un pueblo ansioso por su vida cotidiana, por su capacidad de vivir con dignidad y desposeídos, frente a las consecuencias del calentamiento global y las amenazas del mundo, debemos ser exigentes. Exigencia política de recuperar la confianza de los franceses mediante la escucha, el “cuidado”, el trabajo y la humildad para una nueva sociedad que garantice los rumbos de la vida y sacuda el orden establecido favorable a los ricos. Exigencia moral, sobre todo, a través de la valentía de decir quiénes somos y qué queremos hoy y mañana. Lo que tanto le ha faltado al Partido Socialista en los últimos años.
Esta doble exigencia, exigida por una mayoría que no acepta la victoria de la extrema derecha, debe ser ahora la de la izquierda: redescubrir por fin el espíritu de responsabilidad propio del momento que atraviesan Francia y Europa y permitir a nuestros conciudadanos tener esperanza en un futuro mejor. Oponerse a una fuerza colectiva, de energía positiva y unida contra la fuerza destructiva de la Agrupación Nacional y sus acólitos, que sólo saben presentar al “otro”, al “diferente”, como una amenaza.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.