Trastornos alimentarios, síntomas de la era de las imágenes.

Con motivo del Día Mundial de Concientización sobre los Trastornos de la Alimentación, este martes 2 de junio, urge cambiar nuestro enfoque. Reducir la anorexia, la bulimia o la hiperfagia a patologías individuales sería malinterpretar lo que revelan sobre nuestro tiempo. Estos trastornos son también síntomas de un cambio: el de un mundo donde la imagen ya no sólo representa el cuerpo, sino que tiende a gobernarlo.

La clínica contemporánea es testigo de ello: los pacientes llegan cada vez más con imágenes. No recuerdos ni historias, sino formas visuales insistentes, repetidas e incorporadas. Cuerpos ideales, estandarizados, filtrados, que se dan por sentados. Estas imágenes no están sólo para ser vistas: prescriben. Dicen qué ser, cómo aparecer, hasta qué punto desaparecer. Las redes sociales han radicalizado este cambio. En Instagram, TikTok o Snapchat, el cuerpo se ha convertido en un proyecto, sujeto a una lógica de optimización permanente. Formatos virales: “Lo que como en un día”las rutinas alimentarias, los desafíos corporales organizan un autocontrol difuso. A esto se suman los filtros, que transforman rostros y siluetas en tiempo real, estableciendo una brecha constante entre el cuerpo vivido y su doble idealizado. Pero hoy esta imagen está multiplicada, industrializada, regida por una lógica algorítmica que refuerza las normas más restrictivas.

Durante mucho tiempo, los estándares de belleza fueron transmitidos por la moda, la publicidad o el cine. Ya eran poderosos, a veces violentos. Pero hoy los adolescentes viven en un entorno de imágenes incesantes, personalizadas por algoritmos capaces de identificar sus fragilidades, sus obsesiones, sus complejos, para enviarles sin cesar el mismo contenido. Los filtros suavizan la piel, afinan la nariz, profundizan las mejillas, alargan las siluetas. El cuerpo real aparece entonces como una versión insuficiente de sí mismo. Una adolescente ya no se compara sólo con modelos inaccesibles: se compara con sus compañeros, con personas influyentes, pero también con su propia imagen modificada. Ahora se mira a sí misma a través de herramientas de corrección permanente.

Esta mutación produce importantes efectos psicológicos. En nuestras consultas vemos aparecer chicas jóvenes, pero también cada vez más chicos, prisioneros de una constante autoobservación. Cuentan calorías, escanean sus rostros, fotografían su cuerpo a diario, evalúan su valor a través de números: peso, vistas, me gusta, comentarios. La adolescencia siempre ha sido una época de ansiedad corporal. Pero algo está cambiando hoy: la posibilidad misma de una “época ingrata” parece volverse insoportable. Como si cualquier imperfección hubiera que corregirla, filtrarla u ocultarla inmediatamente.

El filósofo Guy Debord ya hablaba de una “sociedad del entretenimiento”. Pero ahora hemos entrado en una sociedad de autoexposición permanente. Cada uno se convierte al mismo tiempo en actor, director y vigilante de su propia imagen. Las redes sociales están ahora radicalizando este fenómeno: la imagen ya no es sólo un espejo, sino que se está convirtiendo en una norma tiránica regida por una lógica algorítmica. Las plataformas promueven contenidos que provocan las reacciones más emocionales. Sin embargo, los contenidos vinculados al cuerpo, la delgadez o la transformación física producen precisamente mecanismos de fascinación y comparación particularmente poderosos.

“La respuesta no puede ser únicamente médica o individual. También debe ser cultural y política”

En este contexto, los trastornos alimentarios aparecen como intentos paradójicos de respuesta. Negarse a comer, controlar al extremo la alimentación o, por el contrario, perder todo control, son también formas de intentar recuperar el control sobre un cuerpo que se ha vuelto extraño. La anorexia, en particular, puede leerse como un esfuerzo radical por silenciar el mandato visual, incluso si eso significa borrar el cuerpo mismo. Pero este gesto a menudo no logra liberar: al tratar de escapar de la imagen, el sujeto se somete más a ella. Es por esto que estas patologías podrían entenderse como lo que yo llamo “patologías de la imagen”donde la relación con lo visible se convierte en el lugar mismo del sufrimiento.

Por tanto, la respuesta no puede ser únicamente médica o individual. También debe ser cultural y político. No se trata, por supuesto, de condenar las redes sociales, sino de reconocer que no son neutrales: producen normas, jerarquizan organismos, promueven ciertas formas en detrimento de otras. Ante esto, serían necesarios varios requisitos. Una educación en la imagen, en primer lugar, para aprender a descifrar sus efectos y construcciones. Mayor vigilancia con respecto al contenido que promueve ideales corporales extremos. Y, sobre todo, una rehabilitación del cuerpo como experiencia vivida, irreductible a su mera apariencia.

Porque la cuestión que plantean los trastornos alimentarios va mucho más allá del ámbito de la salud. Se trata de nuestra forma de habitar el mundo. ¿Queremos cuerpos conformes a imágenes, o cuerpos capaces de sentir, de desear, de existir fuera de su espectáculo?

El 2 de junio de 2026, no se trata solo de una mejor atención. Se trata de comprender lo que estos trastornos dicen de nosotros y reinventar una relación con el cuerpo que ya no esté bajo la influencia de las imágenes.

EXPRESO ORGÁNICO
Vannina Micheli-Rechtman Es psiquiatra, psicoanalista y filósofo. Es autora de la obra “Les Nouvelles Fatales Beautés”. Los trastornos alimentarios como patologías de la imagen” (Eres, 2022)

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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