¿Regular el lobby, en serio y para todos? ¡Polluelo!

Vivimos en un período de confusión alimentaria sin precedentes. Información falsa, influencers sin formación ni legitimidad científica, discursos que provocan ansiedad: la relación de los franceses con lo que comen nunca ha sido tan confusa. En este contexto, una carta abierta pide a los parlamentarios que regulen mejor el lobby agroalimentario. Nuestra respuesta se puede resumir en una palabra: ¡tacaño!

La transparencia es un requisito democrático y lo compartimos; la pluralidad de puntos de vista es igualmente importante. Pedir ver claramente quién habla, en nombre de quién y con qué intereses es perfectamente legítimo. Las empresas y sus organizaciones profesionales ya están obligadas a hacerlo: declaraciones, obligaciones éticas, control por parte de la Alta Autoridad para la Transparencia de la Vida Pública, en el marco marcado por la ley Sapin II. Pero reforzar la transparencia no debe crear sospechas de principio respecto del discurso económico, no debe equivaler a considerar culpable a quien defiende una actividad económica. Una democracia ilustrada no puede dividir las voces en dos bandos: por un lado, las que se consideran desinteresadas; por el otro, los de las empresas, necesariamente sospechosos porque defienden sus intereses.

Una asociación defiende una causa, una ONG, una visión de la sociedad, un investigador, una experiencia, una empresa, los intereses de un sector, sus empleados, sus territorios. Por ello, estamos orgullosos de hablar en nombre de las 23.000 empresas que alimentan a los franceses cada día. Todas estas voces tienen su lugar en el debate público, siempre que se conozca su origen y sus argumentos sean verificables. Una transparencia que sólo sería válida para algunos no es transparencia: es un espejo unidireccional, claro por un lado, opaco por el otro.

Sobre todo, conocer la realidad económica de un sector no es un conflicto de intereses, es conocimiento. Cuando el Parlamento legisla sobre embalaje, impuestos, energía o condiciones de producción, es esencial escuchar a quienes producen, invierten y emplean. Una norma puede perseguir un objetivo perfectamente legítimo y, al no medir sus consecuencias económicas e industriales, producir exactamente lo contrario de lo que pretende.

Los parlamentarios no necesitan estar protegidos de debates contradictorios, necesitan escuchar diferentes perspectivas para ejercer plenamente su responsabilidad: escuchar, confrontar, verificar, arbitrar. También saben cómo arreglar las cosas; son expertos en sus expedientes y deciden bajo el escrutinio constante de los comités de ética, las administraciones y sus propios grupos políticos.

Entonces sí. Sí a una mayor transparencia. Sí a la identificación de financiación e intereses defendidos. Sí a la comparación de fuentes científicas. Con una sola regla, sencilla e innegociable: los mismos requisitos para todos.

Porque la calidad de la toma de decisiones públicas no se debe a la ausencia de intereses en el debate (nunca existirá), se debe a su transparencia, a su pluralidad y a la capacidad del legislador para enfrentarlos.

Jean-François Loiseau, presidente de la Asociación Nacional de Industrias Alimentarias

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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