Queremos vivir, no sobrevivir.
¿Qué pasaría si las mantas de supervivencia se convirtieran en nuestro estandarte, nuestro emblema? ¿El símbolo de nuestra resistencia?
Son las 3 de la madrugada. En el corazón de esta nueva noche abrasadora, surge una visión. Una llamada.
Me imagino que la próxima semana, después de esta asombrosa ola de calor, que para muchos representó un punto de inflexión físico, nuestra ira se organizará y nuestra determinación tomará forma.
Me imagino a estos habitantes de edificios mal aislados, que han vivido confinados, encerrados, esperando en su aplicación meteorológica la ventana (o más bien el resquicio) de temperaturas un poco más frescas que les permitiría abrir (¡por fin!) estas ventanas malditas, muy tangibles, cubiertas para los afortunados con una manta de supervivencia. A menudo se da por vencido y ve pasar 34, 33, 32 grados hasta las 4 a.m.
Me imagino a estos padres de alumnos que se organizaron para alertar y luego compraron mantas de supervivencia y las pusieron en las ventanas de las aulas para proteger a sus pequeños. Un nido de aluminio para seguir, quizás, creciendo, aprendiendo. Una mísera protección para que la vida cotidiana persista, el trabajo continúe. Una vida normal. ¿Quién seguirá siendo perjudicado cuando estos padres sean llamados, insidiosamente? “El colegio permanece abierto pero os animamos a que conservéis a vuestros hijos”dicen. Símbolo de esta comunicación institucional que te vuelve loco: abierta pero cerrada. Refugio pero peligroso. Empleado o padre.
Me imagino que la semana que viene, gracias al fresco respiro, los cuerpos por fin se relajarán. El sueño mejora. Respiración, sin el uso de ventiladores.
Pero la ira no disminuye.
Ira de abandono. Ira ante este ingenio institucional, ante el mandato de “calidez para todos, cada quien para sí”.
Ira contra los políticos que actúan como sorpresa, el hecho del invierno (o del verano), mientras los científicos llevan décadas advirtiendo sobre las consecuencias del calentamiento global.
Ira al ver la total falta de preparación, los ventiladores y el aire acondicionado ordenados con urgencia, la adaptación climática como una ilusión ante la magnitud de los daños, la inmensidad de la tarea.
Ira al ver que siempre son los más vulnerables los que sufren, una y otra vez.
Rabia al percibir la tentación de pasar página, en cuanto bajan las temperaturas, cuando suben una y otra vez.
Me imagino que las asociaciones coordinarán y lanzarán una convocatoria de manifestaciones. Dejemos que los ciudadanos se transmitan en todas partes. Me imagino que estas personas quitan con cuidado una manta de supervivencia de su ventana. Cortando el exceso de cinta, vendando las grietas. Me imagino que se visten con él, como un adorno. Un emblema.
Me imagino esta extraña multitud, un poco grotesca pero decidida, reunida, caminando. Quien se detiene frente a los ayuntamientos, la Asamblea Nacional. Quien levanta las mantas, creando como un río plateado a la luz del sol. Momento de belleza.
Y que pega estas mismas mantas con tres trozos de cordel en los muros sagrados de la patria.
¡Qué símbolo! Después de Christo que envuelve los monumentos, después de JR que cubre el Pont-Neuf, aquí están los ciudadanos que se apropian de las casas del pueblo.
Este símbolo es una mezcla de esperanzas y gritos.
Es el orgullo de nuestra autonomía. Los franceses saben organizarse, gestionar, sin esperar a que vengan soluciones desde arriba. La autonomía se manifiesta en la riqueza de nuestra red de asociaciones, aunque gravemente socavada por los recortes presupuestarios y la destrucción silenciosa de miles de puestos de trabajo, que sin embargo actúan allí donde el Estado a menudo ha decidido abandonar. Este sentimiento de autonomía es un poderoso catalizador, es una demanda legítima.
Paradójicamente, esta autonomía va de la mano de un grito, un aullido de advertencia: si no nos preparamos, si las instituciones no actúan, estaremos a punto de sobrevivir. La alteración climática no es el clima del pasado al que añadimos 4 grados. Es un caos. Ecosistemas enteros están desapareciendo. Territorios enteros se vuelven inhabitables. No hay economía a +4 grados. Seguramente no hay democracia a +4 grados.
Finalmente, cubrir nuestras instituciones con mantas de supervivencia enfatiza que nuestras instituciones no sobrevivirán a las desigualdades. Como nos enseña el pasado, las desigualdades sociales, al igual que los desequilibrios ambientales, son las dos causas fundamentales de los colapsos observados en la historia de la humanidad. Si caen los más vulnerables, cae la sociedad.
Porque los más vulnerables son las personas que dirigen la sociedad: quienes apoyan a nuestros mayores, quienes cuidan de nuestros niños, quienes lavan nuestros apartamentos, quienes producen y entregan nuestros alimentos, quienes monitorean nuestros edificios, quienes recogen nuestra basura, quienes brindan atención en los hospitales.
Cierro los ojos. Me imagino a la Asamblea Nacional cubierta por este papel plateado. Es hermoso. Es hermoso y es a lo que aspiramos como seres humanos: vivir. Bailar, reír, criar hijos, discutir, hacer el amor, aprender, llorar, estar en coma, trabajar, soñar. Vivir.
Vivir. No sobrevivir.
EXPRESO ORGÁNICO
Juliette Decq trabaja en el campo de la transición ecológica. EL colectivo mañana 50 grados es un movimiento ciudadano que trabaja para preparar mejor a París y a sus habitantes para las olas de calor.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.