En el sexagésimo séptimo día del conflicto, el Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, anunció el fin de la Operación “Furia Épica” contra Irán. Al mismo tiempo, la administración estadounidense indica que suspende el sistema llamado “Proyecto Libertad”, destinado a asegurar y regular la navegación comercial en el Estrecho de Ormuz. El presidente Donald Trump presenta este cambio como una transición: la fase militar se cerraría y sería reemplazada por una gestión más técnica de los flujos marítimos. El centro de gravedad del conflicto pasaría así de la confrontación directa a la regulación de la circulación estratégica.
Pero este anuncio, aparentemente claro, forma parte de una realidad más ambigua: la de una guerra que realmente no termina. A veces las guerras no terminan. Cuelga, se mueve, cambia de forma sin desaparecer nunca por completo. Lo que parece estar tomando forma hoy entre Washington y Teherán es parte de esta vieja lógica: no el fin del conflicto sino su transición a otro régimen de existencia.
El secretario de Estado, Marco Rubio, menciona los intentos de Jared Kushner y Steve Witkoff sin creer realmente en el poder de la diplomacia. Ciertamente, a Estados Unidos le gustaría un acuerdo importante para detener el programa nuclear iraní y asegurar el Estrecho de Ormuz, pero en realidad nada indica la reanudación de la diplomacia como resultado. Estamos ante lo que podríamos llamar una ficción diplomática, sobre todo un dispositivo destinado a producir una estabilidad aparente, sin una transformación real del equilibrio de poder.
Pero esta suspensión de las hostilidades, que permite a Donald Trump evitar buscar el acuerdo del Congreso estadounidense, no es sólo una opción estratégica. También está dictado por imperativos económicos. Y aquí es quizás donde se puede leer más claramente la verdadera naturaleza del momento. Estados Unidos ha redescubierto los límites de su poder en un espacio donde la interdependencia económica limita el uso de la fuerza. Irán, por su parte, ha confirmado su capacidad para convertir sus vulnerabilidades en palancas estratégicas, particularmente a través del Estrecho de Ormuz, el punto nodal de la circulación energética global.
Porque esta guerra inmediatamente traspasó el ámbito militar para convertirse en un gran shock económico. En sólo un mes, las economías árabes sufrieron una contracción estimada de entre 120.000 y 194.000 millones de dólares (o hasta el 6% de su PIB regional). Una destrucción de riqueza equivalente, según Naciones Unidas, a todo el crecimiento registrado el año anterior. Los efectos son sistémicos para la región y mucho más allá: millones de empleos amenazados, hasta cuatro millones de personas cayendo en la pobreza, un fuerte aumento del desempleo y una interrupción de los flujos comerciales.
A esta onda expansiva regional se suma una perturbación global. El bloqueo del Estrecho de Ormuz, los ataques a la infraestructura energética y la volatilidad de los precios del petróleo y el gas han desencadenado lo que algunos analistas ya describen como el shock energético más grave desde los años setenta. En otras palabras: la guerra es demasiado cara para continuar. Pero la paz sigue siendo difícil de alcanzar.
Es en este espacio limitado donde se establece la diplomacia actual. En estas condiciones, los mediadores y las negociaciones cambian de naturaleza. Su objetivo ya no es establecer la paz, sino organizar una pausa solicitada en las altas esferas, desde Riad hasta Islamabad. El carácter minimalista de las negociaciones actuales, su brevedad y su tecnicismo no son accidentales. Refleja un profundo desacuerdo que ni las armas ni las discusiones han podido resolver. Washington busca reformar lo irreformable. Teherán negocia sin ceder en sus fundamentos, después de haber frustrado las predicciones de desaparición que algunos le prometieron.
Este régimen intermedio tiene profundos efectos en las sociedades y los pueblos de Medio Oriente. Crea una inseguridad generalizada, debilita las economías y contribuye a perpetuar los sistemas políticos basados en la gestión de amenazas. Las poblaciones de Beirut, Tel Aviv y Teherán viven así en un espacio indeterminado, donde la distinción entre guerra y paz tiende a desaparecer.
Por tanto, Oriente Medio no está saliendo de la guerra. Hablar del “fin de la guerra” implica una transformación de las relaciones entre adversarios, el surgimiento de un nuevo equilibrio. No aparece nada parecido. Lo que está surgiendo para Medio Oriente es una suspensión de las hostilidades dictada por el costo del conflicto, no por la construcción de la paz. La ficción diplomática desarrollada por la Casa Blanca puede permitir contener la violencia, pero no elimina sus causas ni sus fuentes.
EXPRESO ORGÁNICO
Investigador asociado de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, y de la Fundación Jean-Jaurès, Yasmina Asrarguis acaba de publicar “El espejismo de la paz. La verdadera historia de Israel y de los países árabes”, editado por Passés/Composés.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.