Quizás el jefe de la OTAN, Mark Rutte, hizo una mueca al despertarse el martes 7 de julio, al enterarse de la goleada del “Team USA” contra Bélgica (1-4) en los octavos de final del Mundial de Fútbol. El éxito de la cumbre de la Alianza Atlántica, que se celebrará en Ankara (Turquía) los días 7 y 8 de julio, depende tanto del estado de ánimo de Donald Trump que el holandés lidera la búsqueda de cualquier cosa que pueda parecer un motivo de descontento para el presidente estadounidense. Sin embargo, este último, aunque poco aficionado al fútbol, participó personalmente en la previa del partido al obtener de la FIFA la anulación de una tarjeta roja infligida a un atacante estadounidense. Un escándalo sin precedentes que ilustra dos tendencias subyacentes: la total falta de respeto de Donald Trump hacia las normas que rigen los organismos internacionales, sólo comparable con la total sumisión de este último a la hora de complacerlo.
Inevitablemente viene a la mente el paralelo con la OTAN, con implicaciones más cruciales. En la cumbre del año pasado en La Haya, Países Bajos, Donald Trump puso en duda su apoyo al artículo 5 del Tratado de la Alianza (la promesa de ayudar a un aliado atacado), antes de ex…