Una palabra destaca ahora en el debate público sobre la energía: “electrificación”. El gobierno se dispone a desvelar, en los próximos días, su plan para electrificar la economía francesa, mientras la Comisión Europea prepara su plan continental. Para muchos, la electrificación debe convertirse en la respuesta estructural a las crisis energéticas.
Detrás de este término técnico se esconde la estrategia más eficaz para garantizar la soberanía energética de Francia y Europa. El principio es bastante simple: sustituir gradualmente el gas y el petróleo por electricidad, producida localmente y sin emisiones de carbono. En concreto, se trata de fomentar el uso de bombas de calor en lugar de calderas de petróleo o gas, apoyar la aparición de coches eléctricos y conectar nuestras fábricas a la red eléctrica.
El desafío es grande: impulsar nuestra economía, nuestra calefacción y nuestro transporte con electricidad procedente de energías renovables y energía nuclear, en lugar de depender de los hidrocarburos importados de Estados Unidos, Rusia o el Golfo.
El proyecto de electrificación es titánico, pero ni mucho menos imposible. Hoy en día, la electricidad sólo representa una cuarta parte de la energía consumida en Francia, frente a casi la mitad del petróleo y el gas.
La suma de nuestra dependencia de los hidrocarburos es pronunciada, con más de 60 mil millones de euros de importaciones en 2025. Peor aún, aumenta con cada shock geopolítico. Cuando estalla una guerra en Oriente Medio, en Ucrania o en Venezuela, los precios del Brent y del gas se disparan y son los billetes franceses los que explotan. Esto sin mencionar la trampa política que representan ahora el gas y el petróleo, cuyas reservas están en manos de un puñado de “petroestados”, a menudo hostiles a nuestros intereses.
En este contexto, la palabra “electrificación” debería lograr consenso entre la clase política. Se trata de una opción estratégica para liberar a los franceses de la presión de los hidrocarburos y recuperar el control de su energía. Sin embargo, está lejos de ser unánime.
Algunos líderes políticos abogan por volver a viejas recetas ante el shock energético de la guerra en Irán: bajar los impuestos sobre los combustibles, bloquear los precios, relanzar las refinerías de petróleo, abrir nuevas rutas de gas o incluso cuestionar la política climática, considerada demasiado cara en tiempos de crisis. Olvidan que el escudo arancelario, que costó a las finanzas públicas 72.000 millones de euros en 2022-2023, no ha reducido nuestra dependencia de los hidrocarburos.
En lugar de regar la arena con viejas fórmulas, el dinero público estaría mejor invertido si sirviera a una dirección clara: proteger a los franceses de los shocks energéticos electrificando más de la mitad de la economía francesa para 2040.
Un plan de electrificación podría fijar el objetivo de implementar al menos un millón de coches eléctricos y bombas de calor al año. En tiempos de subida del precio del petróleo, un coche eléctrico ahorra hasta 1.000 euros en combustible al año. Ampliar el arrendamiento social para permitir que los hogares de clase media y trabajadora se equipen es una cuestión tanto social como geopolítica.
Del mismo modo, aunque casi la mitad de los franceses todavía se calientan con gas o gasóleo, duplicar el número de bombas de calor instaladas mediante una versión reforzada de MaPrimeRénov’ puede marcar la diferencia.
Muchas empresas también están teniendo que dar el paso. La conversión de los altos hornos de ArcelorMittal a la electricidad marca un gran paso adelante, pero debería ser sólo el comienzo. Las panaderías, las fábricas de alimentos e incluso las cristalerías también deben poder cambiar a soluciones eléctricas para escapar de la volatilidad de los precios del gas.
La fiscalidad tiene un papel clave que desempeñar. En Francia, el gas paga la mitad que la electricidad. El gobierno y los diputados tienen la oportunidad de corregir esta anomalía en el próximo proyecto de ley de finanzas, para acelerar la electrificación de nuestra economía.
Francia tiene activos considerables y puede estar a la vanguardia de la electrificación en Europa. Es afortunado de tener abundante electricidad libre de carbono, una flota nuclear existente y un enorme potencial para las energías renovables, en particular la energía eólica y solar marinas. Las fábricas de baterías y bombas de calor, situadas en el norte y el este, sólo esperan una señal fuerte para completar sus carteras de pedidos y contribuir así a la reindustrialización de Francia.
En un país que no tiene reservas de hidrocarburos, la electrificación es mucho más que un sinónimo de transición ecológica. Ahora rima con soberanía energética y poder adquisitivo. Que, con un digno plan de electrificación, se convierta en el nuevo leitmotiv de nuestras políticas energéticas.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.