¿Existe un fútbol de derechas y un fútbol de izquierdas?

En un momento en que la vida política francesa parece cada vez más polarizada, existe una gran tentación de buscar marcadores ideológicos en todas partes. Durante más de un siglo, el fútbol ha sido celebrado tanto por los movimientos obreros como por los gobiernos conservadores, respaldado tanto por sindicatos como por nacionalistas, defendido tanto por progresistas como por liberales. Por lo tanto, por sí solo no tiene ninguna ideología particular. Por otro lado, constituye un terreno privilegiado sobre el cual las sensibilidades políticas proyectan sus concepciones sobre el ejercicio del poder, el significado dado a lo colectivo y los medios a implementar para triunfar. Estas conexiones no carecen de fundamento. De hecho, el fútbol constituye, en ciertos aspectos, un espejo de las sociedades.

Sin embargo, la cuestión merece ser trasladada. Porque el fútbol es ante todo un juego que se ve. Detrás del espectáculo que se ofrece a los espectadores hay formas de ocupar el espacio, organizar movimientos, distribuir responsabilidades y coordinar acciones. Esta confrontación toma la forma de elecciones tácticas, estilos y filosofías de juego que recuerdan ciertas divisiones políticas importantes. La Copa del Mundo constituye, a este respecto, un observatorio particularmente esclarecedor.

En el tiempo condensado del concurso, muestra varias formas de organizar la acción colectiva con miras a un mismo objetivo. Estas orientaciones tácticas a menudo alimentan apasionados debates entre aficionados, periodistas o exjugadores, cada uno de los cuales defiende voluntariamente su propio ideal de juego. ¿Estas preferencias surgen de una sensibilidad partidista o revelan concepciones más profundas de la acción y el éxito?

El juego de “posesión” se basa en la circulación paciente del balón, la multiplicación de soluciones ofrecidas al portador y una fuerte interdependencia entre los jugadores. Desde su título mundial en 2010, la selección española ha ofrecido una de las ilustraciones más emblemáticas. Mantener el balón no significa simplemente conservarlo, sino controlar el ritmo del partido, mover al oponente y construir colectivamente las condiciones para el desequilibrio. El poder del juego está más pensado y distribuido que improvisado o personalizado. Esta forma de “democracia de globo” favorece la cooperación, la anticipación y la responsabilidad compartida.

Por el contrario, los juegos basados ​​en “transiciones” rápidas favorecen, en la recuperación del balón, la proyección inmediata hacia adelante, la explotación de los espacios liberados y la capacidad de sorprender al adversario. Durante el Mundial de 2022, luego en la continuidad de sus últimas actuaciones, la selección de Marruecos demostró toda la eficacia de un juego basado en las transiciones. Apoyándose en una organización defensiva compacta, a menudo dejaban la iniciativa a sus adversarios para explotar mejor los espacios liberados en la recuperación del balón. Sus rápidas proyecciones hacia adelante demostraron que dominar un partido no implica necesariamente controlar el balón. El éxito nace entonces de la velocidad de ejecución, de la asunción de riesgos y del arte de aprovechar las oportunidades cuando se presentan. El poder del juego depende menos de una organización colectiva permanente que de la iniciativa de los jugadores y de su capacidad para cambiar rápidamente el curso del partido. Esta forma de “cultura de la iniciativa” enfatiza la capacidad de respuesta, la libertad de acción y la capacidad de transformar rápidamente las oportunidades en ventajas.

¿Deberíamos entonces considerar el primero como un fútbol de izquierdas y el segundo como un fútbol de derechas? La cuestión merece ser trasladada en lugar de abandonada. Porque si ciertos estilos de juego parecen reflejar sensibilidades políticas distintas, muchos equipos demuestran sobre todo que ningún principio puede establecerse como modelo excluyente. Saben alternar tiempos de dominio colectivo y secuencias de transición rápida, combinando disciplina táctica y libertad de iniciativa. Su fuerza reside precisamente en su capacidad para articular lógicas aparentemente opuestas.

Sin embargo, esta capacidad de asociar principios contrarios no debe confundirse con la “al mismo tiempo” que permea parte del discurso político actual. No se trata de conciliar indiscriminadamente posiciones contradictorias ni de evitar elecciones. Al contrario, los grandes equipos saben qué principio favorecer según las circunstancias. Su éxito se basa menos en la búsqueda de una conciliación permanente que en una combinación estratégica de principios antagónicos al servicio de la acción colectiva. Un equipo centrado exclusivamente en la posesión puede volverse estéril. Una formación que sólo vive de transiciones rápidas corre el riesgo, por el contrario, de aguantar el juego durante mucho tiempo. La eficacia proviene menos de la lealtad a un modelo que de la capacidad de pasar de uno a otro según las circunstancias.

El debate va mucho más allá del ámbito deportivo. Las sociedades contemporáneas también se enfrentan a tensiones entre la libertad individual y la solidaridad colectiva, entre la planificación y la adaptación, entre la estabilidad y el cambio. Con demasiada frecuencia, estos términos se presentan como irreconciliables. El fútbol cuenta una historia diferente. Muestra que ningún principio es suficiente por sí solo y que el desempeño colectivo a menudo se basa en el arte de combinar lógicas en competencia más que en la lealtad exclusiva a un solo modelo.

Quizás ahí radica una de las mayores lecciones políticas del deporte. Los colectivos que perduran no son los que santifican un principio único, sino los que saben asociar estratégicamente principios antagónicos al servicio del proyecto común. Desarrollan así una verdadera “inteligencia de los opuestos”. Por tanto, el fútbol que se juega no es ni de derechas ni de izquierdas. O más bien, toma prestado de múltiples registros políticos sin reducirse nunca a ninguno de ellos. Su riqueza reside precisamente en esa capacidad de hacer convivir lógicas diversas y a veces opuestas. En una época de polarización y choques ideológicos permanentes, esta no es sin duda la menor de las lecciones que puede ofrecer a nuestras democracias.

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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