para ir más lejos
Ugict representa a ingenieros, ejecutivos y profesiones intermedias tanto del sector público como del privado. Quienes diseñan edificios, mantienen redes, operan hospitales, transporte, industrias, laboratorios, comunidades e incluso infraestructuras digitales. Quienes informan las decisiones a través de la investigación y la experiencia, implementan políticas públicas, supervisan equipos, garantizan el mantenimiento de las instalaciones, organizan socorros y asistencia a las víctimas de desastres, toman cientos de decisiones cada día que determinan la seguridad de las personas y la continuidad de las actividades.
En toda Francia destaca una observación: nuestras organizaciones de trabajo, ya profundamente marcadas por décadas de políticas liberales, fueron diseñadas para un clima que ya no existe. Los edificios se están sobrecalentando. Los equipos están llegando a sus límites. Las redes están debilitadas.
Los testimonios que recibimos ilustran esta realidad: falta de adaptación, sobrecalentamiento de los servicios, impugnación del derecho de desistimiento, peligrosidad… Un procedimiento no enfría un edificio. Una circular no sustituye a una inversión. Un memorando no protege a un empleado.
Quienes dirigen organizaciones están llamados a mantener un sistema que no ha sido preparado. Los ingenieros deben garantizar la seguridad de las instalaciones antiguas a pesar de las condiciones de trabajo degradadas. Los técnicos deben mantener el equipo crítico ya que el calor afecta el estado de alerta. Los directivos deben proteger a sus equipos sin disponer de los medios necesarios.
La cuestión de las condiciones de trabajo es central. Sin embargo, esta situación revela una fragilidad mucho más profunda y requiere que integremos plenamente las cuestiones climáticas en las opciones de producción, gestión e inversión.
Cuando el calor reduce las capacidades cognitivas de quienes velan por la seguridad ferroviaria, la seguridad nuclear, el mantenimiento de las redes… no sólo está en juego su salud. Es nuestra seguridad colectiva. Es la capacidad misma de nuestra sociedad para seguir funcionando.
Sin embargo, las compensaciones siguen favoreciendo el corto plazo. Sabemos cómo movilizar miles de millones de euros en unas pocas semanas, pero ante un riesgo climático documentado, ya presente y que se espera que empeore, se siguen posponiendo decisiones e inversiones esenciales.
Cada día resulta más evidente que esta incapacidad no es sólo técnica: es producto de un modelo económico donde la rentabilidad inmediata prima sobre la prevención, la seguridad y el interés general. Es ilusorio reclamar “rearme el país” incluso cuando demostramos nuestra incapacidad para afrontar las crisis que ya estamos viviendo: olas de calor, incendios, sequías o crisis sanitarias.
Esta contradicción se ha vuelto insoportable.
Nos negamos a permitir que los profesionales se conviertan en los fusibles de la falta de preparación organizada. Rechazamos que la responsabilidad jurídica, profesional y a veces penal recaiga en mujeres y hombres que no tienen ni los medios materiales, ni el personal, ni el poder de decisión que les permita garantizar la seguridad de los equipos y, más ampliamente, hacer frente a la multiplicación de las crisis.
Por eso proponemos abrir un nuevo proyecto democrático.
Los profesionales investidos de responsabilidad deben beneficiarse de un derecho real de rechazo y de propuestas alternativas. Cuando consideren que las condiciones ya no permiten garantizar la seguridad de las personas, de las instalaciones o del medio ambiente, deberán poder suspender una actividad, exigir medidas correctoras o negarse a asumir responsabilidades sin temor a sanciones. Este derecho no sólo protegería a estos profesionales. Protegería a los empleados, a los usuarios, a las poblaciones y al interés general.
Pero este derecho no será suficiente si las decisiones se siguen tomando según la misma lógica.
No podremos adaptar nuestras organizaciones al cambio climático sin transformar su gobernanza. Las crisis que estamos viviendo muestran que las decisiones tomadas únicamente desde la perspectiva de los costos conducen a una inversión insuficiente en prevención, retrasando adaptaciones esenciales y colocando los riesgos en quienes trabajan.
Darle su lugar a la experiencia laboral real se convierte nuevamente en una necesidad democrática tanto como un imperativo de seguridad.
Por eso debemos reforzar los controles y contrapesos en las empresas y en las administraciones. Los representantes de los trabajadores deben recuperar una capacidad real de intervención en cuestiones de salud, seguridad y organización del trabajo. Los profesionales deben estar más involucrados en decisiones estratégicas que comprometan su responsabilidad y la de la comunidad. Esta exigencia conduce naturalmente al restablecimiento de órganos especializados en salud en el trabajo, a reforzar las prerrogativas de los representantes del personal y a conceder un lugar mayoritario a los administradores de los trabajadores en los consejos de administración para que las decisiones a largo plazo puedan finalmente prevalecer sobre la lógica financiera a corto o medio plazo.
Las olas de calor, las sequías y los incendios revelan una realidad más profunda. Responder a los desafíos climáticos no será sólo una cuestión de tecnologías o inversiones. Tendremos que revisar nuestros modos de producción y consumo, pero también transformar democráticamente el trabajo. Esto requiere finalmente reconocer el valor de la experiencia de quienes dan vida al trabajo real y brindarles los medios para intervenir.
Porque hoy el verdadero peligro ya no está en no saber. El verdadero peligro es seguir sin escuchar y sin actuar.
EXPRESO ORGÁNICO
Carolina Blanchot Es secretario general de la Unión General de Ingenieros, Ejecutivos y Técnicos (Ugict) de la CGT.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.