De Elon Musk a Dario Amodei, filantropía equivocada

Aleluya. Los titanes de la tecnología estadounidense compiten por compromisos filantrópicos espectaculares. Dario Amodei, fundador de Anthropic, anuncia que donará el 5% de su capital al fondo benéfico “Anthropic Public Benefit Fund” y un 2% adicional cada vez que el valor – una vez que la empresa cotice en bolsa – supere la marca del 50% adicional. Y esto a ni más ni menos que “bien público”. Por su parte, Elon Musk promete ofrecer en 2027 una acción de SpaceX –que actualmente vale una media de 150 dólares– a cada uno de los 72 millones de niños menores que viven en Estados Unidos. Según el “Wall Street Journal”, probablemente estas donaciones pasarían a través del programa gubernamental “Cuentas Trump”. Cuentas Trump: según su sitio web, estas cuentas “fiscalmente ventajoso” para menores de 18 años y garantizar “seguridad financiera a largo plazo” están llenos de “1.000 dólares ofrecidos por el Tesoro de Estados Unidos” y se puede ofertar “5.000 dólares cada año para la familia” – luego arrojar una ganancia inesperada de 271.000 dólares a la mayoría del niño (y “$742.000” nueve años después). Este ahorro, invertido “enteramente en empresas americanas” y alojado en un “Cuenta Trump”garantiza a los niños que“a medida que crezcan aprenderán a invertir y verán crecer su dinero en tiempo real. Adquirirán algo más que dinero: se convertirán en expertos financieros”. El proyecto educativo y la construcción de conciencias jóvenes se reducen, pues, a formatear pequeños clones de Donald Trump.

El primer reflejo es rendir homenaje a estos arrebatos de generosidad voluntariamente autocríticos que se dirigen a las víctimas de su trabajo. Siguen la estela de las propuestas de “ingreso universal” compuesto aquí por Musk o Amodei, allí por Sam Altman (OpenAI), en particular a través de un fondo público soberano que redistribuye dividendos de acciones de gigantes tecnológicos entre la población. El objetivo es compensar a los trabajadores que son víctimas de pérdidas masivas de empleos provocadas por la inteligencia artificial. Todos apuestan por un aumento tal de la rentabilidad de sus empresas que una parte podría destinarse a esta renta universal que, según anuncian, es sustancial. Sí, al instante las voces pueden felicitarse por esto. Sin embargo, la maniobra es doblemente diabólica y va más allá del simple proceso de mitigar la propia culpa y vigilar la propia imagen frente a los trastornos antropológicos y civilizacionales que uno mismo orquesta.

Al proponer reparar la desaparición de empleos y, lo que es más grave, de profesiones con ingresos exógenos, la oligarquía tecnológica esquiva o ignora la médula esencial del trabajo: una palanca cardinal de emancipación, autorrealización y socialización. ¿No nos “realizamos a nosotros mismos” en gran medida a través de la formación que seguimos, la tarea y responsabilidad que llevamos a cabo, el reconocimiento que recibimos, la estima que cultivamos, los vínculos humanos y sociales que desarrollamos, los conflictos que superamos, las inteligencias que hibridamos, la creatividad que compartimos, las luchas que unen, el colectivo que une?

Por otra parte, esta renta universal no es sólo un estímulo a la ociosidad y una ofensa al trabajo. Su veneno pretende enajenar, cloroformar, subyugar a los beneficiarios. Altman, Musk y compañía buscan crear una subpoblación bajo su control, servil y dócil. Y la hipótesis es tanto más creíble cuando se la compara con los proyectos ideológicos fomentados por una parte de la oligarquía. Así, el icónico Peter Thiel, fundador de Palantir, nos insta a elegir entre libertad y democracia. Sin embargo, ¿qué aliado más seguro de su cruzada antidemocrática que un individuo esposado a sus “generosos” subsidios que asimila apresurada y torpemente a una garantía de libertad?

El diabolismo de sus motivaciones no termina ahí. El emisor y el receptor de estas acciones filantrópicas se unen en una comunidad de intereses. El primero inmoviliza al segundo ya que el origen y materialización de la reparación tienen como marco la empresa que maltrata y luego repara. Los beneficiarios de las Cuentas Trump se sentirán naturalmente en deuda con la política y los negocios de Trump; aquellos que hayan recibido una acción de SpaceX estarán vinculados capitalistamente y naturalmente deudores del generoso Musk; los del fondo público de Amodei girará naturalmente a Anthropic al elegir un chatbot o una arquitectura de IA para su negocio.

En Francia, la política clientelista de Bernard Arnault sigue el mismo hábil entrelazamiento de intereses. Desde su inversión filantrópica en arte, el director general de LVMH ha tejido una telaraña. La fundación Louis-Vuitton – cuya espectacular construcción permitió a la empresa eximirse de impuestos por valor de 518 millones de euros durante el período 2007-2017, según el Tribunal de Cuentas – es el corazón de una estrategia que, subrepticiamente, promociona las marcas del grupo – y correlativamente la valoración de los artistas recogida por su jefe. El razonamiento se aplica a sus inversiones en los medios. No sigue el mismo marco legal, pero ¿acaso no escuchamos comúnmente que el autosacrificio, la generosidad casi “sacrificial” de los multimillonarios salva a la industria de la prensa condenada al fracaso? Los mecanismos para confundir intereses son idénticos. Las columnas de sus periódicos corren el riesgo de convertirse en el escaparate elogioso de las marcas del grupo –y al mismo tiempo en un examen despiadado de los más mínimos errores o debilidades de los competidores–, así como en un relevo de las aspiraciones o exigencias del propietario. Lo cual, cuando se molesta, puede provocar el derrocamiento de un líder periodista.

El acto de filantropía ya no es filantropía cuando codicia la explotación codiciosa de los beneficiarios, el acto de filantropía se convierte en engaño cuando maneja confusiones –sinónimas de conflictos– de intereses y decide alimentarse de ellas. En caso de duda, el objeto filantrópico debe exigir una descorrelación del objeto económico y social de la empresa que lo financia. También en este ámbito la exigencia ética es fundamental. Con el pretexto de redimirse –o heroizarse– no se puede comprar.

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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