¿Sopla un viento de revuelta contra la inteligencia artificial (IA)? ¿Estamos entrando en el momento de tomar conciencia de sus efectos potencialmente nocivos para nuestras sociedades? En los últimos meses ha ido creciendo en todo el mundo la preocupación por la expansión descontrolada de esta revolucionaria tecnología. En el país que vio nacer a sus principales actores –OpenAI, Google, Meta o Microsoft– se multiplican los interrogantes ante los riesgos laborales, el impacto medioambiental e incluso los usos problemáticos, en particular militares. También se está arrancando el velo de las prácticas de los gigantes tecnológicos, cuyas promesas de un futuro brillante enmascaran mal las contradicciones, el apetito de poder y el deseo desenfrenado de dominación. Tras la fascinación que ha despertado la irrupción de la inteligencia artificial en nuestras vidas, a finales de 2022 es posible que hayamos entrado en la época de la “ansiedad por la IA”. Una era de dudas que hace aún más urgente un debate global –y nacional– sobre el uso regulado de la inteligencia artificial.
Podríamos burlarnos de los temores sobre la IA, reduciéndolos a una estrecha tecnofobia o un miedo irracional al progreso. Sería ignorar que se nutren de realidades tangibles, que se debaten en nuestras sociedades, especialmente en Estados Unidos. Cada vez más ciudadanos se movilizan contra centros de datos que hacen funcionar la IA, devorando agua y electricidad. Artistas, autores y actores denuncian la canibalización de sus obras y la gran sustitución que están sufriendo. A partir de ahora, la imagen de la IA se deteriora entre los estadounidenses, especialmente entre los jóvenes: en las universidades surgen protestas contra una tecnología presentada como inevitable cuando podría destruir puestos de trabajo cualificados. Aún más profundamente, la IA plantea una pregunta existencial entre nuestros contemporáneos: ¿qué tipo de sociedad construiremos si las relaciones y habilidades humanas (aprender, crear, conversar) pueden ser suplantadas por máquinas?
Prueba de que estamos buscando respuestas es la respuesta mundial recibida por la encíclica “Magnifica Humanitas”, hecha pública el 25 de mayo por el Papa León XIV. En línea con las principales posiciones doctrinales de sus predecesores, el Soberano Pontífice toma nota de la importancia fundamental que ha adquirido la inteligencia artificial en nuestras vidas. Destaca una realidad que nos cuestiona a todos: la IA es más que una nueva etapa de mutación digital, es una revolución antropológica que cuestiona la esencia misma de la humanidad, su utilidad misma. Y si este texto papal ha tenido tanto eco es porque señala lo obvio: necesitamos “poner al ser humano en el centro” de nuestras decisiones colectivas en materia de inteligencia artificial, hoy demasiado dominadas por la lógica del beneficio y el poder. Por lo tanto, León XIV pide “desarmar la IA”no para prescindir de él sino para prevenirlo “dominar a los humanos” y, en última instancia, plantear la cuestión de su propósito. El Papa subraya así la urgencia de que los Estados y las sociedades civiles se apropien de la regulación de una tecnología que amenaza con escapar de su control.
Por tanto, la cuestión ya no es si estamos a favor o en contra de la inteligencia artificial, o si transformará nuestras vidas: ya lo hace. La verdadera cuestión ahora es decidir si esta revolución se nos impone o si elegimos colectivamente dominarla. Dado que da forma pero también condiciona nuestro futuro, la IA debe convertirse absolutamente en un tema político destacado. A escala global, porque ninguna nación puede gestionar por sí sola una tecnología tan poderosa. Pero también a escala nacional, donde el debate está en sus inicios. Un año antes de las elecciones presidenciales, es hora de que los candidatos expresen claramente qué lugar pretenden darle a la IA en nuestras vidas, qué límites desean ponerle y qué protecciones, particularmente a nivel europeo, pueden proponer. Este debate ya no puede dejarse únicamente en manos de los ingenieros o ejecutivos de Silicon Valley. No es técnico sino ético y nos concierne a todos.