Inteligencia artificial: tras la época de la fascinación, ahora llega la época de la duda

¿Podría la “ansiedad por la IA” estar venciéndonos? En menos de cuatro años, desde que la empresa estadounidense OpenAI “ofreciera” al mundo, sin pedirnos opinión, el primer robot conversacional ChatGPT, la inteligencia artificial generativa ha interferido en nuestro trabajo, nuestras relaciones familiares, nuestra privacidad… y, para algunos, incluso en nuestros sueños. Pero tras la época de fascinación por esta nueva revolución tecnológica, ha llegado la época de la duda. Como contamos en nuestro expediente, la revuelta contra la IA está ganando terreno en Estados Unidos, Canadá y Francia. Están surgiendo nuevos activistas que resisten con huelgas de hambre, bombas molotov y boicots. Los colectivos se unen para denunciar el centros de datosestos monstruos del siglo XXImi siglo que devoran la tierra, la energía y el agua de los residentes locales pobres. Los padres de jóvenes alentados a suicidarse mediante chatbots o redes sociales impulsadas por IA están emprendiendo acciones legales.

Sería tentador ver en estas expresiones de rechazo la reacción un tanto excesiva de algunos tecnófobos, los mismos que se pronunciaron contra las antenas telefónicas o contra el 5G. Obviamente esto sería un error. Porque detrás de estos gritos dispersos se esconde un mismo miedo, ahora ampliamente compartido por la opinión pública: el de un mundo en el que la inteligencia artificial, moldeada por gigantes tecnológicos estadounidenses (o chinos) no exentos de fantasías totalitarias, habría tomado el control de nuestras vidas. Y esto, sin darnos tiempo –por no decir detenernos, porque las IA encierran promesas de progreso asombroso– para mantener el control: para educarlas según nuestros valores, para imponerles prohibiciones, para ponerlas al servicio de la humanidad y de nuestra soberanía… En definitiva, para regularlas. En este Salvaje Oeste que sólo Europa –cuyo poder normativo alabaremos aquí– intenta controlar, todo avanza decididamente demasiado rápido.

Tan rápido que las personas razonables que piden una moratoria resultan inaudibles. Tan rápido que los propios creadores de estas tecnologías nos advierten ahora contra una pérdida de control: ¡una lástima! Tan rápido que los apóstoles del concepto de destrucción creativa, teorizado por el economista Joseph Schumpeter, según el cual la innovación destruye viejas actividades pero crea otras nuevas, están echando agua al vino. Porque esta vez, la destrucción inmediata corre el riesgo de ocurrir mucho más rápido que la capacidad de los humanos de capacitarse para nuevos trabajos, lo que representa un riesgo real para el mercado laboral y nuestro modelo social. En nuestras páginas, la economista Stefanie Stantcheva invita a nuestros líderes políticos a empezar a pensar hoy en la redes de seguridad social » que necesitaremos para absorber este impacto. Lanzada a toda velocidad, la IA generativa finalmente amenaza nuestras democracias, cuando nuestros nuevos compañeros saquean el conocimiento y la información sin represalias. Diciéndonos qué pensar, qué votar, halagándonos para que les creamos. O, como teme el investigador francés Yann LeCun, acentuar nuestra dependencia de modelos extranjeros.

Esta revolución que amenaza al hombre con la obsolescencia y al planeta con el agotamiento choca con otra: el cambio climático, la espada de Damocles sobre todos los seres vivos. Estos dos cambios radicales tienen en común –aparte de que el primero acentúa el segundo– de confrontar a toda la humanidad con sus responsabilidades, obligándonos a pensar juntos en nuevas regulaciones a escala planetaria y territorial. El largo plazo ya no espera. En Francia, nuestros candidatos presidenciales tendrán que anticiparse seriamente a esto. No sólo defendiendo nuestra soberanía, sino también haciendo un balance de los impactos sociales y –por más arruinados que estemos– de los medios necesarios para abordarlos. Tanto en la IA como en el clima, conocemos el resto de la historia. O dejamos que se escriba sin nosotros –y a menudo contra nosotros– o retenemos la pluma. Mañana, serán nuestros políticos y no Sam Altman, el jefe de OpenAI, quienes estarán en primera línea cuando la población exija rendición de cuentas.

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