Incendios, olas de calor, sequías… “No hay economía en un planeta inhabitable”

No tenemos las palabras.
Hoy, ningún árbol esconde el bosque de la ceguera que algunos vienen avivando desde hace demasiado tiempo. Los seres vivos se esfuman… La naturaleza arde, los animales mueren, los humanos quedan desalojados e indefensos. Pero el daño no es sólo ecológico, es sistémico y revela nuestras interdependencias.

Lo que arde también es nuestra economía: carreteras, redes eléctricas, granjas, empresas, puestos de trabajo destruidos en pocas horas, territorios enteros que serán reconstruidos a lo largo de años. Lo que quema es también nuestra salud: finas partículas inhaladas mucho después de que se hayan apagado las llamas, enfermedades respiratorias y cardiovasculares que cargarán el sistema sanitario durante meses, a veces años. Lo que arde también es nuestra mente: la ecoansiedad ya no es una noción abstracta reservada a quienes leen los informes del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático)se instala también en quienes ven desaparecer su casa, su pueblo, su territorio, y saben que volverá a empezar.
Sin embargo, lo sabíamos.

Mucha gente se ha agotado gritando, avisando, intentando frenar, adaptarse. Nada ayuda. El debate público y político causa angustia, ignora la raíz del problema y aumenta la ansiedad en lugar de resolverlo. Siempre de forma antropocéntrica y cortoplacista. La adaptación no es una serie de verano, una superproducción de desastres de Hollywood que fascina en las pantallas cuando surgen los peores acontecimientos. Es asunto de todos. Todos deben ser actores en este nuevo paradigma. Ya no podemos hacer la vista gorda. La negación de la realidad es ahora inaceptable.

El sistema actual sitúa a la naturaleza como un recurso para el crecimiento económico. En este prisma, la economía y la ecología se presentan como dos campos opuestos, y este encuentro cara a cara es un callejón sin salida. Sin embargo, no hay economía en un planeta inhabitable. Tampoco existe un plan de negocios sólido, en un territorio no asegurable. Y la vida no es una externalidad que deba gestionarse. Es la base de todo el modelo. El bosque, el agua, el suelo, un clima estable, es nuestro primer activo, el que no figura en ningún balance y sin el cual todos los demás se derrumban.

Un agricultor depende de la salud de su suelo y de sus polinizadores. Un artesano de la construcción depende del recurso de agua y materiales. Un negocio turístico depende de la belleza de un paisaje. Una aseguradora depende de la estabilidad del clima. La ecología no es la limitación de la economía: es su condición más preciada. Y recíprocamente, la economía, en su capacidad de inversión, innovación, ejecución y ampliación de escala, es la palanca más poderosa de que dispone la ecología.

Esto presupone varias reglas, incluida una obvia: un modelo económico que tiene un impacto en los seres vivos debe internalizar el costo. No podemos privatizar las ganancias y socializar los daños, quedarnos con los dividendos y dejar que la comunidad pague la factura del plástico, el carbono o las cenizas. Ésta no es una postura moral, es una exigencia de verdad en los precios. Una economía que paga sus verdaderos costos se vuelve más sobria, más inventiva y más resiliente. Y más confiable.

En medio de la actual catástrofe, los agricultores prestan sus tractores, las empresas constructoras envían sus máquinas para apoyar a los bomberos, los carpinteros, los carpinteros y los empresarios locales ofrecen su tiempo, su inversión, su compromiso. Lo hicieron porque era su territorio, sus vecinos, su herramienta de trabajo, su futuro. Esta solidaridad, espontánea y concreta, nos recuerda lo obvio: los empresarios, de todos los tamaños y de todos los sectores, ya son actores de la protección. Queda por transformar este reflejo de emergencia en un reflejo de prevención y adaptación.

En la segunda línea, en distintos momentos, otros empresarios están trabajando para contrarrestar este cambio climático. Son emprendedores de tecnología y ciencia… también son científicos, artistas, activistas. Toda la economía debe embarcarse en esta transición, desde las jóvenes empresas de impacto hasta los gigantes que deben repensar su modelo.

No faltan ideas. Algunos ya están trabajando en ello.

Las aseguradoras pueden invertir en la salud de estos ecosistemas porque la prevención siempre cuesta menos que la reparación. Los bancos pueden promover el acceso a financiamiento para proyectos regenerativos a tasas preferenciales y ofrecer productos financieros que contribuyan a la restauración y preservación de la naturaleza. Las empresas, desde las nuevas empresas hasta los grandes grupos, pueden pagar un dividendo social para regenerar los ecosistemas de los que dependen sus mercados e integrar seres vivos en su gobernanza, tal como han aprendido a integrar la tecnología digital. Los territorios pueden dotarse de fondos de inversión en “patrimonio natural”, aportados por empresas, comunidades y ciudadanos, gestionados con asesoramiento científico, para restaurar bosques, humedales, praderas y bocages… todas las infraestructuras naturales que protegen nuestras infraestructuras económicas.

Pero ni siquiera todo esto será suficiente sin políticas públicas ambiciosas para invertir en la adaptación y resiliencia de nuestros territorios Y detener la loca máquina que nos ha traído hasta aquí. Proteger es también una responsabilidad soberana del Estado, que debe coordinar los esfuerzos de las comunidades, los ciudadanos y las empresas. Nuestras necesidades esenciales: vivienda, movilidad, alimentación, naturaleza y servicios públicos, deben invertirse mucho mejor.

Para responder a la inmensidad del desafío, debemos cambiar de escala: ya no podemos darnos el lujo de ver el surgimiento de políticas públicas fragmentarias y de corto plazo. No hay economía si el planeta ya no es habitable y asegurable. Al inicio del año escolar, cuando comiencen las discusiones presupuestarias, más que nunca miraremos a quienes nos gobiernan. Todos juntos debemos tomar nota de la urgencia y actuar en un estado de crisis, a gran escala.
Entremos en la resistencia.

Resistamos esta ansiedad generalizada y paralizante. ⁠A través de una acción colectiva comprometida. Resistamos la desinformación que circula y desplaza el problema. Contextualizando los hechos científicos y las interdependencias. Resistamos la idea de detenerlo todo, de decirnos que ya es demasiado tarde.⁠ A través de la acción colectiva y diaria para avanzar hacia una sociedad de transición(es). Resistamos a las políticas populistas, que carecen de coraje y lucidez. Por una oleada ciudadana en las urnas.

Como cofundadores de Climate House, como actores económicos, líderes empresariales, es nuestra responsabilidad, nuestro deseo y nuestra única manera de mantener el impulso vital. Estar en el fragor de la acción en un punto de inflexión para nuestro país es sólo el comienzo de nuestra movilización. Ofreciémonos apoyo, colaboremos entre todos, cuidemos por fin de este ser vivo del que somos parte para construir otra historia. Únase a emprendedores que habilitan, resisten, persisten y se preocupan.

Tribuna por iniciativa de Climate House, un colectivo de empresarios movilizados para la acción climática en Francia. Está firmado por los 170 miembros de Climate House, entre ellos:

  • Lucie Baschcofundador de Poppins y Too Good To Go

  • Celine RémyDirector Ejecutivo de la Casa del Clima

  • cristian coágulocofundador del Instituto de Adaptación Humana

  • Santiago Lefebvrecofundador de ChangeNOW

  • Arnaud Chaigneau

  • Bar Loïcfundador de Planet is the Limit

  • Célia Roussinfundadora de Pépite Pasas

  • Sébastien Del Pontcofundador de Springs

  • Laurence Grandcolaspresidente de La Concorde/fundador de MySezame

  • Aïna Queirozcofundadora de Aïna L’explorer

  • Olivia BlanchardPresidente de Acteurs de la Finance Responsable

  • Catherine SpindlerPresidente Europa y Medio Oriente Sephora

  • Jack Habracofundador de Shelter for Science

  • Mehdi Guellildirector ejecutivo de Orygeen

  • Aurore Pinon-Jacquescofundador de Goodvest

  • Antonio Cadípresidente de Biodiv’AM, de RESTORE.

La lista completa está disponible en https://climate.house/cofounders

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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