En diciembre de 2026 se nombrará al futuro Secretario General de las Naciones Unidas (ONU). ¿La oportunidad, por primera vez, de nominar a una mujer? ¿Y traer a este cargo una personalidad progresista y proactiva, capaz de revitalizar una institución que tanto lo necesita?
El final del segundo mandato del portugués António Guterres al frente de la ONU, previsto para el 31 de diciembre de 2026, abre una nueva gran secuencia diplomática para Naciones Unidas. En un contexto marcado por la guerra en Ucrania, las tensiones chino-estadounidenses, la guerra de Gaza, el endeudamiento del Sur Global, la guerra en Oriente Medio, todo ello en un contexto de crisis del multilateralismo, la elección del próximo secretario general parece ser un momento decisivo para el futuro del orden internacional.
La posición, a menudo descrita como “lo más imposible del mundo”es crucial. Ante los ataques y la retirada de Estados líderes como Estados Unidos, que están retirando su financiación y eludiendola descaradamente, la ONU debe reinventarse. Nombrar a una nueva persona al frente es la oportunidad.
El nombramiento del Secretario General de las Naciones Unidas se rige por el Artículo 97 de la Carta de 1945, que establece que él o ella “es designado por la Asamblea General por recomendación del Consejo de Seguridad”.
Si, por derecho, la Asamblea General tiene el poder formal de designación, en la práctica la elección la determina en gran medida el Consejo de Seguridad, que sólo transmite un nombre único, mediante una resolución. A continuación, la Asamblea hace la designación, a menudo por aclamación.
En concreto, los Estados miembros proponen candidatos, que son entrevistados por la Asamblea General. Luego, el Consejo de Seguridad hace su recomendación antes de que la Asamblea realice la votación formal. Pero este último paso tiene sólo un significado simbólico, ya que la elección decisiva corresponde a los cinco miembros permanentes del Consejo –Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido– cuyo derecho de veto confiere una influencia determinante.
Sin embargo, desde las reformas iniciadas en 2015, se pretende que el procedimiento sea un poco más abierto. Las solicitudes se hacen públicas y los solicitantes presentan su visión de la Organización durante audiciones transmitidas en vivo por ONU Web TV. Estos intercambios también permiten el diálogo con la sociedad civil. Todas las innovaciones han aportado una mayor transparencia a un proceso considerado opaco, sin cuestionar el papel central del Consejo de Seguridad.
Las próximas audiencias de los candidatos, previstas para diciembre de 2026, se llevarán a cabo ante todos los Estados miembros reunidos en una sesión informal de la Asamblea General, bajo el liderazgo del Presidente de la Asamblea. Cada candidato presentará primero su visión del futuro de la Organización y luego responderá las preguntas de los representantes de los Estados miembros durante aproximadamente dos horas.
Este año, tácitamente, se espera que el futuro secretario general provenga de América Latina, en un espíritu de rotación por continente. Obsérvese, además, que nunca ha habido un Secretario General de la ONU que no sea ni ruso, ni chino, ni indio, a pesar de la gran importancia geopolítica y demográfica de estas grandes potencias.
La práctica también exige que un secretario general no provenga de uno de los cinco países miembros permanentes, para preservar su independencia y su papel de mediador. Esta norma no está escrita en ninguna parte de la Carta, pero se ha convertido en una convención firmemente establecida.
La campaña 2026 se distingue por una importante cuestión simbólica: la ONU nunca ha estado dirigida por una mujer desde su creación en 1945. Muchos estados y organizaciones ahora piden la alternancia de género y una mayor representación del Sur global. Esta exigencia favorece especialmente a las candidaturas latinoamericanas, en la medida en que la rotación geográfica informal parece beneficiar esta vez a América Latina y el Caribe, una región del mundo que no está representada por un asiento permanente en el Consejo de Seguridad, pero que ya contó con un secretario general de la ONU en el pasado: el peruano Javier Pérez de Cuéllar, de 1982 a 1991.
Cuatro candidatos principales dominan actualmente las discusiones diplomáticas, de los seis presentados oficialmente.
Michelle Bachelet, ex presidenta de Chile y ex alta comisionada de las Naciones Unidas para los derechos humanos, parece ser una de las figuras mejor ubicadas en la competencia.
Junto a ella, Rebeca Grynspan, actual secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y ex vicepresidenta de Costa Rica, defiende una línea más tecnocrática centrada en las reformas institucionales y el desarrollo.
En cuanto a Rafael Grossi, diplomático argentino y director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA), pone mayor énfasis en la credibilidad estratégica de la ONU y la necesidad de una profunda reforma presupuestaria.
Por último, el ex presidente senegalés Macky Sall propone una visión más centrada en la representación del Sur. Pone especial énfasis en el continente africano, actualmente poblado por 1.500 millones de habitantes, cifra que podría alcanzar los 2.500 millones en 2050. Macky Sall también aboga por mejorar la eficiencia operativa de las agencias de la ONU.
Las audiencias y debates entre los candidatos comenzaron en junio de 2026. Las diferencias políticas expresadas reflejan las fracturas actuales del sistema internacional. Grossi adopta una postura más realista y de seguridad, favoreciendo la reforma administrativa y el restablecimiento de la autoridad diplomática de la organización. Grynspan se presenta como una mediadora pragmática, atenta a las cuestiones económicas y la gobernanza global. Macky Sall insiste en la soberanía de los estados africanos e implícitamente critica la dominación occidental en las instituciones multilaterales.
La chilena Michelle Bachelet y la española María Fernanda Espinosa durante las audiencias organizadas el 23 de julio en la ONU. CRISTINA MATUOZZI/SIPA EE.UU./SIPA
Michelle Bachelet, por su parte, defiende firmemente temas de derechos humanos, justicia social, igualdad de género y prevención de conflictos. Lleva consigo una visión progresista y humanista del multilateralismo, basada en la protección de las poblaciones civiles y la cooperación internacional frente a las crisis climáticas y sociales.
Sin embargo, su candidatura sigue siendo políticamente sensible. Su paso por la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos le valió críticas contradictorias. Algunos gobiernos occidentales lo critican por su cautela hacia China, mientras que círculos conservadores estadounidenses denuncian sus posiciones sobre los derechos y libertades.
La retirada del apoyo oficial por parte de Chile a su candidatura, después de que el presidente de extrema derecha José Antonio Kast llegara al poder en marzo de 2026, ilustra la polarización ideológica que rodea a su candidatura. A pesar de esto, Bachelet conserva el apoyo del Brasil de Lula y del México de Claudia Scheinbaum, así como una importante red diplomática en los círculos progresistas internacionales.
Mientras la ONU atraviesa una profunda crisis de legitimidad y eficacia, agravada por un déficit presupuestario agobiante, Michelle Bachelet parece ser la candidata más prometedora. Su experiencia es muy sólida: dos veces Presidenta de Chile, ex Ministra de Defensa, Directora Ejecutiva de ONU Mujeres y luego Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, tiene un conocimiento profundo de las instituciones de las Naciones Unidas y una experiencia concreta en el poder ejecutivo.
Sobre todo, encarna una concepción del multilateralismo que se niega a disociar la paz, el desarrollo y los derechos humanos. En un momento en que las lógicas de poder unilaterales están debilitando el derecho internacional, su perfil parece más probable que restablezca la coherencia política y moral de la ONU, tan crucial hoy en día.
Michelle Bachelet en la ONU el 21 de abril de 2026. LEV RADIN/SIPA EE.UU./SIPA
Michelle Bachelet fue, además, una valiente opositora de la dictadura chilena. Detenida en enero de 1975 junto con su madre por la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA), la policía política de la dictadura militar de Pinochet (1973-1990), fue encarcelada y torturada antes de exiliarse, una experiencia que marcó profundamente su compromiso posterior. Bachelet tiene un conocimiento profundo del sistema de la ONU y puede presumir de un historial positivo y concreto en la defensa de los derechos humanos, la igualdad entre mujeres y hombres, el multilateralismo democrático y el desarrollo sostenible.
Así, en 2011, lanzó en ONU Mujeres una agenda global para poner fin a la violencia contra las mujeres, con resultados concretos, por ejemplo en Camboya –protección legal de las mujeres contra los ataques con ácido– o en Zambia –creación de espacios seguros en las escuelas. Además, promovió la igualdad económica para las mujeres, por ejemplo en Senegal, permitiendo que por primera vez se concedieran licencias de pesca a mujeres.
Más allá del procedimiento oficial, la designación del secretario general da lugar a una intensa actividad diplomática informal. Las negociaciones tienen lugar en los pasillos de la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, durante reuniones bilaterales entre delegaciones, consultas discretas entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad o incluso reuniones organizadas al margen de las sesiones de la Asamblea General. Este “diplomacia de corredor” (diplomacia del corredor) constituye una dimensión esencial del proceso.
Finalmente, esta elección se produce en un contexto en el que se cuestiona el ideal del multilateralismo. El ascenso de las potencias emergentes, el fortalecimiento de los BRICS, las rivalidades chino-estadounidenses y los crecientes desafíos a la gobernanza internacional de las Naciones Unidas, ignorados por el G7, el G20, la OTAN, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y otras estructuras en competencia, como el Foro Económico de Davos, están llevando a muchos Estados a buscar un secretario general capaz de reafirmar el papel de las Naciones Unidas como principal foro universal para el diálogo y la negociación colectiva.
Incluso más que en elecciones anteriores, la personalidad del futuro presidente, su capacidad para dialogar con líderes con orientaciones políticas muy diferentes y su capacidad para restablecer la confianza entre las grandes potencias serán probablemente criterios determinantes.
Teniendo en cuenta la evolución reciente de la sociedad, en particular en términos de representación de las mujeres, parece que ha llegado el momento de nombrar finalmente a un Secretario General al frente de las Naciones Unidas, una personalidad humanista, progresista y carismática, una persona capaz de lanzar nuevas iniciativas, ideas originales y propuestas innovadoras para la resolución de conflictos.
Chloé Maurel es historiador, especialista en historia global y las Naciones Unidas en SIRICE (Universidad París 1/París IV), Universidad París 1 Panthéon-Sorbonne.
Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.