Defender al Estado no es defender su pesadez

La izquierda republicana comete hoy un error estratégico al dejar en manos de sus adversarios la cuestión de un Estado capaz de actuar. Con demasiada frecuencia, la crítica de las cargas administrativas se deja en manos de quienes, detrás de la denuncia de los procedimientos, en realidad pretenden debilitar al propio Estado. Sin embargo, defender los servicios públicos no significa defender cada una de sus disfunciones. Precisamente porque creemos en su papel insustituible debemos llevar a cabo un proyecto de renovación republicana.

Este requisito es tanto más necesario cuanto que las democracias contemporáneas se enfrentan al auge de los discursos populistas y liberales. Cuando los ciudadanos experimentan pasos incomprensibles, retrasos excesivos o procedimientos absurdos, se vuelven receptivos a quienes pretenden resolver estas dificultades mediante la destrucción pura y simple del Estado. Las motosierras que empuñaba Javier Milei (presidente de extrema derecha de Argentina, nota del editor) no sólo prosperan gracias a una ideología, sino que también prosperan gracias a las frustraciones acumuladas frente a administraciones percibidas como impotentes o ilegibles. Si las fuerzas republicanas no toman en serio la cuestión de la calidad del servicio prestado, dejan el campo abierto a quienes quieren desmantelar los propios instrumentos de solidaridad colectiva.

Sin embargo, la historia intelectual de la izquierda proporciona los recursos necesarios para responder a este desafío. Los servicios públicos encuentran parte de su justificación en la solidaridad de Léon Bourgeois (1851-1925). Todos se benefician de un patrimonio colectivo que establece una deuda social hacia la comunidad. El impuesto no es un cargo arbitrario, sino la contrapartida de la solidaridad organizada. Esta solidaridad aún debe ser visible en la vida diaria. El consentimiento a la imposición también depende de la creencia de que los servicios financiados colectivamente realmente satisfacen las necesidades de los ciudadanos.

Este requisito está en el centro mismo de la doctrina del servicio público. Entre sus principios fundacionales se encuentra el de mutabilidad, es decir la capacidad de los servicios públicos de adaptarse a los cambios de la sociedad y a las expectativas de los usuarios. Defender el servicio público significa aceptar hacerlo evolucionar cuando ya no cumple plenamente su misión.

Sin embargo, las dificultades actuales no provienen de una falta de compromiso de los agentes, sino a menudo de una acumulación de normas y procedimientos. En muchas áreas, las reglas se han acumulado con el tiempo sin una verdadera revisión general. Esta sedimentación regulatoria penaliza a los usuarios, pero también afecta a los propios funcionarios públicos, que a veces ven su trabajo reducido a la gestión de limitaciones cuyo significado se ha perdido. A esto se suma la compartimentación de las administraciones y una desmaterialización que con demasiada frecuencia ha digitalizado la complejidad en lugar de eliminarla. De este modo, el ciudadano sigue teniendo que proporcionar la misma información varias veces a organizaciones que no se comunican suficientemente entre sí.

Pero esta ambición también requiere comprender las causas fundamentales de esta complejidad. Durante varias décadas, los líderes políticos han visto reducido su margen de maniobra bajo el efecto de la deuda pública, las restricciones presupuestarias y las interdependencias económicas. Ante la creciente dificultad de actuar a través de los medios, a menudo se han visto tentados a actuar más a través de la norma. Cada problema exige una nueva ley, cada disfunción un nuevo procedimiento, cada crisis una nueva obligación. La regla se convierte entonces en sustituto de la acción.

Esta inflación normativa alimenta la ilusión del voluntarismo, pero a menudo produce el efecto contrario al buscado. Las administraciones se ven obligadas a aplicar un número cada vez mayor de normativas, los agentes ven reducida su autonomía profesional y los ciudadanos luchan por comprender las normas que se les aplican. La acción pública se vuelve omnipresente en los textos, pero a veces insuficientemente visible en los resultados.

En este contexto, está surgiendo un nuevo argumento entre los críticos de los servicios públicos, según el cual la inteligencia artificial permitiría eliminar masivamente puestos de trabajo en el futuro. Esta hipótesis es muy exagerada. Los servicios públicos también se basan en el aprecio humano, la responsabilidad y una relación de confianza con los usuarios. Este debate nos recuerda que la izquierda no puede dejar a sus adversarios el monopolio de pensar en la modernización del Estado. Las nuevas tecnologías deben ponerse al servicio de los usuarios y agentes, no utilizarse como pretexto para el declive del servicio público.

La respuesta a estas dificultades no puede ser la de los liberales que reducen la cuestión a la del número de funcionarios. Por lo tanto, el desafío no es crear menos Estado, sino encontrar un Estado capaz de actuar. No se trata de debilitar las protecciones colectivas, sino de hacerlas más legibles, más accesibles y más efectivas. No se trata de enfrentar a los ciudadanos con los funcionarios, sino de reconciliarlos en torno a un mismo objetivo: un servicio público que dé sentido al trabajo de quienes lo realizan y que responda verdaderamente a las necesidades de aquellos a quienes sirve.

Si la izquierda no apoya este proyecto, otros se harán cargo de él. Y lo harán con motosierras más que con reformas. Frente a los contratistas de demolición que prosperan gracias a las frustraciones legítimas de los ciudadanos, la respuesta no puede ser ni la negación ni el conservadurismo. Debe ser la renovación de la acción pública en nombre mismo de los principios republicanos. Porque la mejor manera de defender el servicio público no es pretender que sea perfecto, sino hacerlo cada día más justo, más comprensible y más cercano a los ciudadanos.

Este artículo es una columna, escrita por un autor ajeno al periódico y cuyo punto de vista no compromete a la redacción.

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