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Natural Selection

Con fuente Milenio/Braulio Peralta

Mi padre tenía un rifle y contaba a sus hijos lo feliz que era cuando iba a cazar venados en la sierra, hacia arriba del río Tuxpan. Rifle fue una palabra que se quedó en mi memoria. Rifle que busqué en la casa hasta dar con él, arriba del ropero. De madera y metal, el rifle no era una pistola.

Se sentía un arma poderosa que, como decía papá, hay que tener temor para usarla pero valentía para enfrentar tus objetivos, en este caso un conejo era suficiente para encontrar a la presa mayor.

El día que di con el rifle, no había presa. Estaba enfrente del espejo del ropero y me vi emocionado con el arma. Tomé el gatillo y jalé, sin querer queriendo. ¡Tenía balas! El ruido fue estremecedor.

Mis oídos vibraron con el balazo. En menos de un segundo aprendí que el susto tiene como respuesta la incomprensión de un acontecimiento. De repente mi padre llegó y me vio, paralizado, ante el regaño que iba a darme. Pero no. Todo lo contrario: me quitó serenamente el arma y me abrazó.

Estaba allí el tío Rómulo que igualmente se acercó al lugar de los hechos. Imperturbable, le dijo a mi padre: –¿Te das cuenta de la responsabilidad que tienes? –Sí. Era un sí lacónico, triste en la respuesta, con cierta culpa. Pero nunca me dejó de abrazar. Es de los pocos abrazos que me dio papá.

Eso valía más que mi hazaña de cazador frustrado. Tenía la edad de 11 años. Estudiaba el quinto de primaria pero me metía en las conversaciones de mayores y la historia del rifle y las aventuras de mi padre en la sierra —la tarde aquella, única, que llegó a la casa con un venado—, era repetida hasta el cansancio por mis hermanos mayores cuando yo no sumaba más de seis de edad.

Uno no puede olvidar estas aventuras de tu padre. Uno tiene memoria y entonces busca el objeto, ese con el que mi padre mató a un animal. Hoy y nunca juzgaré a mi padre porque aquel abrazo que me dio fue una caricia que me acompaña hasta ahora. Y la pregunta del tío Rómulo sobre la responsabilidad de quien tiene un arma me hizo pensar. Porque a aquella edad los niños razonamos en lo bueno y lo malo de las armas. Basta una educación errónea para que un niño inicié el camino de su perdición. O no.

Basta que un niño inteligente busqué la palabra ética sobre la maldad y la bondad de un mundo del que formamos parte. Yo no me atrevo a juzgar a los abuelos ni al padre del niño José Ángel, que asesinó a su maestra, hirió compañeros de escuela y luego se suicidó.

Creo en la palabra responsabilidad, esa que pronunció mi tío. Si esa familia que llaman desintegrada hubiera abrazado a su nieto, a su hijo, puedo jurar que los sucesos acaecidos en Torreón no hubieran pasado. Era un niño inteligente, lo puedo jurar.

Pero su inteligencia cruzó el umbral del lado oscuro del cerebro. Cuento esto que nunca había contado no por el ego que trae el yo a este relato. Es afán de entender un suceso que conmociona a México. Los recuerdos de una infancia —de felicidad o de tristeza juntos— son inolvidables.

Los niños saben discernir desde antes de los 11 años. Basta que la familia aplique educación con ética y proteja el cerebro del infante cuyo destino será marcado para siempre en su conciencia. “Natural selection”: uno elige el juego.


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